De Iquitos a Adrogué

Entre la fiebre de la selva y el silencio del hotel, dos hombres enfrentan la misma imposibilidad. Herzog empuja un barco montaña arriba; Borges corrige frases en la penumbra de Adrogué.

Ambos intentan, a su modo, resistir el derrumbe de lo real. Ambos fracasan con dignidad. Entre ellos se traza el mapa secreto del siglo XX: la tensión entre la materia que no se deja y el signo que todo disuelve.

La materia que no se deja

Fitzcarraldo empuja un barco montaña arriba. No hay metáfora: sucede. Cientos de hombres, toneladas de hierro, la selva viva, el barro que devora los pies. Herzog lo filma con la convicción de que el cine todavía puede tocar lo real.

Herzog empuja un barco montaña arriba; Borges corrige frases en la penumbra de Adrogué.

DE IQUITOS A ADROGUÉ

El barco sube, sí, pero lo que importa es la montaña: la piedra que no se deja, el peso del mundo que no quiere volverse símbolo. Herzog no busca conquistarla. Busca comprobar que aún existe algo que no obedece.

Un resto, un dios sin templo. Su fracaso no es derrota: es testimonio de que la materia sigue ahí, indiferente al sueño humano.

El mundo que se borra

A miles de kilómetros, Borges se refugia en Adrogué. Ciego, rodeado de manuscritos, corrige oraciones como quién alisa un pliegue del universo. Afuera, el siglo impone sus sistemas: el materialismo, el nazismo, la tecnocracia del sentido.

«Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la imprenta) del Urn Burial de Browne»

jorge luis borges

Adentro, Borges levanta un mundo que ya no necesita materia. En Tlön, los objetos existen sólo mientras alguien los recuerda. El pensamiento reemplaza la piedra. La realidad se ha convertido en una delicada ilusión compartida.

Si Herzog pelea con la selva, Borges lidia con el lenguaje. Dos trincheras distintas, el mismo temblor.

Dos fracasos luminosos

Herzog no logra mover la montaña. Borges no logra fijar el sentido. Ambos entienden que el mundo se les escapa, y sin embargo, siguen. Herzog, con fiebre y barro hasta la cintura. Borges, con una lupa sobre la página, corrigiendo el infinito.

Si Herzog pelea con la selva, Borges lidia con el lenguaje.

de iquitos a adrogué

Sus fracasos son radiantes, porque allí donde la razón se rinde, nace el gesto más humano: resistir sabiendo que no se puede.

El cruce

De Iquitos a Adrogué no hay mapa posible. Sólo un movimiento: del acto al pensamiento, del barro al papel, de la montaña al hotel.

Herzog sube su barco para tocar la verdad del peso. Borges corrige sus frases para rozar la verdad del vacío.

Entre ambos trazan la frontera secreta del siglo XX: la lucha entre la materia que resiste y el signo que todo lo disuelve.

Epílogo

Quizás el mundo -éste que todavía habitamos- solo exista en ese filo, donde la piedra y la palabra se rozan. Ni selva pura ni biblioteca cerrada. Un punto intermedio, donde aún duele el intento.

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Y si algo nos salva no es mover la montaña, ni describirla con exactitud, sino seguir cruzándola, sabiendo que nunca se deja del todo.

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