Gloríense en Milei muchachos, sin culpa

No suelo hacerlo, pero esta nota funciona mejor si se la lee como una sesión de terapia grupal. Está dirigida a queridos amigos peronistas hoy discretamente cautivados por la ola política Milei, aunque todavía les dé pudor admitirlo.

Hago dos advertencias iniciales. La primera: no hay reproche moral en lo que sigue. La segunda: esta columna tiene menos de inspiración propia que de iluminación borgeana.

El disparador es el cuento Tres versiones de Judas, donde Borges ensaya una herejía magistral: Judas no traiciona a Cristo por vileza, sino por coherencia extrema.

Asume el lugar que nadie quiere ocupar para que el sistema funcione. Busca el oprobio porque el bien, dice Borges, es atributo divino y no debe ser usurpado por los hombres.

De allí se desprende la sentencia paulina de Corintios I, 1:31: “El que se gloría, gloríese en el Señor.” Trasladado a la política, el sentido es brutalmente simple: hay lugares simbólicos que alguien ocupó antes.

Judas busca el oprobio porque el bien, dice Borges, es atributo divino y no debe ser usurpado por los hombres.

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Y una vez ocupados, no se disputan sin pagar un precio. Como en la teología, el problema no es moral sino estructural: el bien, el cambio, la ruptura, la esperanza, no circulan libremente.

Se apropian, se fundan, se escriben primero. En términos más pedestres: no están disponibles en el mercado.Raúl Alfonsín clavó la bandera de la democracia y los derechos humanos en 1983.

Lo hizo desde un radicalismo que abandonaba su cómoda góndola opositora y se animaba a gobernar, tras años de internas como modo de vida.

“El que se gloría, gloríese en el Señor.” Trasladado a la política, el sentido es brutalmente simple: hay lugares simbólicos que alguien ocupó antes.

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Para muchos radicales, hasta entonces, la política era eso: todo lo que ocurre entre interna e interna.

Quién se renueva, pierde o peor: traiciona

Desde un peronismo devastado, quien mejor leyó ese perfume de época fue Antonio Cafiero.

La renovación peronista fue, en muchos sentidos, un intento sofisticado de gloriarse en Alfonsín.

Cafiero fue el Salieri del alfonsinismo: talentoso, sensible, siempre un paso detrás del genio que ya había escrito la partitura.

En términos de El Padrino, a “Tony” Cafiero le tocó el papel de “Sal” Tessio: el hombre razonable, el que entiende hacia dónde va el poder, el que hace el movimiento lógico… y paga el precio.

La renovación peronista fue, en muchos sentidos, un intento sofisticado de gloriarse en Alfonsín.

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No hubo pacto explícito, pero sí uno tácito con las ideas ya loteadas, usufructuadas, escrituradas.

Arrebatarle al radicalismo esas banderas no solo era imposible: las fortalecía. La película se repitió.

LA TRAICIÓN DE «SAL» TESSIO

Eduardo Duhalde tanteando los acordes del Frepaso mientras la ambulancia de Chacho Álvarez levantaba los restos del menemismo.

En términos de El Padrino, a “Tony” Cafiero le tocó el papel de “Sal” Tessio: el hombre razonable, el que entiende hacia dónde va el poder, el que hace el movimiento lógico… y paga el precio.

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Sergio Massa, en 2013, intentando capitalizar el hartazgo del kirchnerismo, hablando de traje a rayas para corruptos y de barrer ñoquis de La Cámpora, en una curiosa encarnación peronista de Lilita Carrió.

Todos, sin excepción, compartieron el mismo destino: quedarse mirando la historia por televisión.

Quién se glorió en Alfonsín, en Chacho o más tarde en el Macri del “cambio”, no gobernó el ciclo: lo lubricó.

El caso de Daniel Scioli es todavía más elocuente. La quimera de la “continuidad con cambios” terminó demostrando una verdad incómoda: en política no existe la media gravidez. O se es continuidad, o se es cambio. Todo lo demás es consuelo narrativo.

Como me dijo una vez un ex intendente del conurbano: “nunca te subas a la ola del cambio. Al primero que se lleva puesto es a vos.”

Perder la guerra, ¿ganar la paz?

Aquí entra la segunda versión de Judas. La más interesante. ¿Quién gana de verdad? ¿El que impone el hardware o el que termina escribiendo el software?

Menem gobernó mucho más cerca del imaginario renovador de Cafiero y del “lápiz rojo” de Angeloz que de la tribu menemista original.

Massa fue, durante años, un estabilizador clave del macrismo y un garante de gobernabilidad para María Eugenia Vidal.

¿Quién gana de verdad? ¿El que impone el hardware o el que termina escribiendo el software?

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No fundaron el ciclo, pero lo hicieron viable. Judas no reina. Pero sin Judas, no hay relato. Esto no es solo argentino.

Mitterrand en Francia traicionó a la izquierda clásica aplicando ajuste y disciplina fiscal. Blair hizo lo propio con el laborismo británico después de Thatcher.

En ambos casos, los “puros” conservaron la razón ética… y perdieron la historia.

Más cerca en el tiempo, Podemos en España terminó siendo rueda de auxilio del sistema que prometía demoler. Llegó tarde al lugar simbólico del cambio y pagó el precio.

Judas no reina. Pero sin Judas, no hay relato. Esto no es solo argentino.

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Ser Judas es perder la guerra y ganar la paz. Es morir en Normandía para que otros gobiernen París. Milei, guste o no, no inaugura de la nada. Es la cristalización de un clima que viene de lejos.

Macri lo llamó “primer tiempo” con más intuición que marketing. No por casualidad, Patricia Bullrich y Toto Caputo son figuras centrales del actual gobierno. El ciclo no empezó con Milei.

Pero Milei lo ocupa. Y ahí está el punto ciego del peronismo actual. Gloriarse en Milei no es adhesión ideológica. Es reconocimiento tardío de un lugar que ya fue tomado.

Por eso el cierre no admite hipocresía: gloríense en Milei, muchachos, sin culpa.

Gloriarse en Milei no es adhesión ideológica. Es reconocimiento tardío de un lugar que ya fue tomado.

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No porque sea propio, sino porque ya es. La historia no castiga al hereje: castiga al que confunde dignidad con llegar tarde.

(*) Publicado en El Economista el 15 de enero de 2026.

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