Entre Borges, el cine contemporáneo y Nietzsche, una pregunta incómoda atraviesa nuestra época: no si tenemos tiempo, sino si sabemos habitarlo sin que el presente se vacíe ni el pasado nos aplaste.
El tiempo existe, pero no todos saben habitarlo. Esa es la paradoja contemporánea: vivimos más años, acumulamos más recuerdos, pero el presente se achica. No por falta de futuro, sino por exceso de pasado mal digerido.
La memoria, cuando deja de ser herramienta y se vuelve fetiche, no ilumina: aplasta. Se transforma en liturgia del dolor, en identidad cerrada, en archivo sagrado que inmoviliza. Recordar deja de ser comprender y pasa a ser obedecer.
Borges lo advirtió con una crueldad elegante en “Utopía de un hombre que está cansado”. Para evitar el peso del horror, ese mundo decide borrar la historia.
La memoria, cuando deja de ser herramienta y se vuelve fetiche, no ilumina: aplasta.
sí hay otra opción: habilitar el tiempo
El resultado no es libertad, sino indiferencia. Cuando el pasado pierde densidad, el juicio moral se diluye: incluso un genocidio y, hasta el paso arrollador del heredero de Satán en la tierra, puede convertirse en una anécdota neutra.
“Es el crematorio -dijo alguien-. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler”.
Por cierto, es la estrofa más emblemática, a la par que aterradora, de aquél cuento que representa, como pocos, la banalidad del mal a la que aludió Hannah Arendt en 1963.
Atrapados en el pasado
No es provocación, es vacío. El cine coreano reciente, “No hay otra opción”, muestra el fracaso opuesto. Allí, los varones no eliminan el pasado: quedan presos de él. Oficio, trayectoria, herencia, guerra, mandato.
“Es el crematorio -dijo alguien-. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler”.
sí hay otra opción: habilitar el tiempo
No tienen historia: son su historia. Cuando ese guión se rompe, no aparece otra vida posible. Aparece el alcohol, la violencia, el derrumbe del cuerpo.
Las mujeres del film, en cambio, no olvidan: ensayan. Actuar, abrir un café, cambiar de rumbo. No es liviandad ni fuga, es plasticidad vital. El pasado no desaparece, pero deja de gobernar. El tiempo vuelve a abrirse.
Nietzsche ya había señalado el punto ciego: el problema no es la memoria, sino la memoria no metabolizada. Es decir, aquella que no se transforma en relato, en aprendizaje, en desviación.
“Bienaventurados los olvidadizos, porque ellos se sobreponen incluso a sus estupideces”. De esa forma, el filósofo alemán reescribió la idea central del Sermón de la Montaña enunciado en el Evangelio de Mateo 5-7.
Nietzsche ya había señalado el punto ciego: el problema no es la memoria, sino la memoria no metabolizada.
sí hay otra opción: habilitar el tiempo
Hablando de cine, una vez más, el tridente Bismuth, Gondry y Kaufman representó estupendamente esa idea en “Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos”.
La memoria que subsiste como marca indeleble y se hereda como condena. Bertolucci lo filmó en la magnífica versión de “El cielo protector” de Paul Bowles.
Port es rigidez: identidad sin fisuras, coherencia mortal. Por el contrario, Kit es desarme: mutación, riesgo, alto voltaje en el desierto.
Uno muere fiel a su forma; la otra sobrevive perdiéndola. Ahí se juega todo. Habilitar el tiempo no es administrarlo ni estirarlo hasta el infinito.
Es ensanchar el presente. No borrar el pasado para no sufrir, ni sacralizarlo para expiar culpas. Usarlo sin arrodillarse ante él.
A modo de epílogo
No nos ahoga la falta de tiempo,nos asfixia un pasado que no sabemos soltar y un presente que no nos animamos a ensanchar.
(*) Publicado en El Economista el 2 de febrero de 2026.
