¿Y si Elon Musk tiene razón?

Viajé hace unos días en el tren Roca, hacia el sur del área metropolitana: Lanús, Banfield, Adrogué. No fue turismo ni nostalgia. Fue una excursión empujada por un debate bien argentino: sociedades anónimas deportivas versus asociaciones civiles.

En un video dije algo simple y, a la vez, incómodo: muchos de esos clubes del conurbano sur son inseparables de la historia del ferrocarril. Podrían agruparse, sin forzar demasiado, como clubes ferroviarios. No por su estatuto legal, sino por su densidad social.

SAD O NO SAD EN EL FÚTBOL

El ferrocarril no sólo transportaba cuerpos: también organizaba la comunidad. Horarios, rituales, pertenencias. Los clubes nacieron ahí, como extensiones de la vida compartida, no como unidades de negocio.

Pero el viaje en el Roca también deja ver otra cosa: la grieta no es solo política, sino que también tiene que ver con la infraestructura y el tiempo. El Mitre hacia el norte, climatizado, eficiente, silencioso; el Roca hacia el sur, más áspero, más lleno, más humano.

Dos trenes, dos mundos. Casi como Norte y Sur, aquella vieja serie sobre la revolución americana: dentro de un mismo país, experiencias históricas opuestas.

Y ahí aparece la pregunta que da vértigo: ¿y si Elon Musk tiene razón? En este plano, el hoy mayor magnate mundial sostiene, con la seguridad de quien mira el mundo desde arriba, que la inteligencia artificial reemplazará al trabajo white collar y que la robótica hará lo propio con el blue collar. Abogados, contadores, programadores; luego operarios, choferes, trabajadores manuales.

El Mitre hacia el norte, climatizado, eficiente, silencioso; el Roca hacia el sur, más áspero, más lleno, más humano.

¿y si elon musk tiene razón?

Y, a la par, una figura maldita para muchos: las rentas universales a cambio de ¿nada? Vale decir, no a cambio de nada, sino como una suerte de derecho de ciudadanía por el simple hecho, ¡involuntario eh!, de haber nacido en tal o cuál lugar del mundo.

Por ello, el trabajo, tal como lo conocimos, se vuelve prescindible. Tomemos la hipótesis en serio. No como profecía o, más bien autoprofecía cuando se trata de vaticinios de superpoderosos, sino como experimento mental.

Si el trabajo deja de organizar la vida social, ¿qué queda?, ¿la renta?, ¿el ocio?, ¿la nada? Ahí el viaje al conurbano dejaría de ser una excursión al pasado y empieza a parecer otra cosa: un laboratorio involuntario, no planificado, de una sociedad post-trabajo.

¿El conurbano como anticipo?

Desde afuera, el sur metropolitano suele leerse como rezago: infraestructura vieja, empleo precario, promesas incumplidas. Pero hay algo que ese diagnóstico no ve. Cuando el trabajo deja de garantizar identidad, ascenso o futuro, otras instituciones ocupan su lugar.

El viaje al conurbano dejaría de ser una excursión al pasado y empieza a parecer otra cosa: un laboratorio involuntario, no planificado, de una sociedad post-trabajo.

¿y si elon musk tiene razón?

El club, la cancha, la parrilla, la fiesta, el ritual. No como entretenimiento accesorio, sino como centro de gravedad de la vida social. Esos clubes no optimizan, no escalan, no rinden dividendos, persisten.

SOCIEDAD POST-TRABAJO

Funcionan como nodos de pertenencia en un mundo donde la idea de carrera, sea profesional, laboral o meritocrática, se deshilacha, va quedando afuera del GPS de las nuevas generaciones.

El párrafo incómodo

El error es creer que el futuro será homogéneo. Que la automatización arrasará por igual, que la inteligencia artificial ordenará la vida con la misma lógica en todos lados.

Pero el cambio tecnológico no cae sobre el vacío: cae sobre tramas sociales preexistentes. Allí donde el trabajo ya no organizaba promesas, donde la identidad no dependía exclusivamente del empleo formal, la transición es menos traumática.

El conurbano, leído durante décadas como sinónimo de déficit y atraso; aparece así como una anomalía potencialmente fértil: una sociedad acostumbrada a vivir con poco horizonte laboral pero, en innumerables historias, con mucha y hasta quizás involuntaria vida social.

No es resistencia romántica ni atraso estructural; es adaptación temprana. Mientras el norte se pregunta qué hacer cuando el trabajo desaparezca, el sur hace tiempo que ensaya respuestas sin nombrarlas.

Los ricos ya lo entendieron

Hace poco The Economist publicó un informe sobre los hábitos de consumo de los superricos. El giro es notable: menos bienes durables, menos objetos de estatus como autos, joyas y carteras versus más gasto en experiencias. Deportes, gastronomía, hoteles, espectáculos.

El conurbano, leído durante décadas como sinónimo de déficit y atraso; aparece así como una anomalía potencialmente fértil.

¿Y SI ELON MUSK TIENE RAZÓN?

Dicho en pocas palabras: el lujo ya no se guarda: se vive. Ya no se exhibe: se cuenta. Curiosamente, eso se parece bastante a la vida social del conurbano: comer, disfrutar, festejar.

INFORME MEGA RICOS THE ECONOMIST

Verbalizar la experiencia más que acumular el objeto. Es decir, el futuro aspiracional de las élites empieza a parecerse peligrosamente, a los ojos de algunos, a lo que durante décadas se leyó como atraso.

Musk y el error de imaginación

Tal vez Musk tenga razón en el diagnóstico tecnológico. La automatización avanza, el trabajo se retrae. Pero falla, como suelen fallar los ingenieros del futuro, en la imaginación social.

Tal vez Musk tenga razón en el diagnóstico tecnológico. La automatización avanza, el trabajo se retrae. Pero falla, como suelen fallar los ingenieros del futuro, en la imaginación social.

¿y si elon musk tiene razón?

El fin del trabajo no conduce automáticamente a Marte. Puede conducir a Lanús un sábado por la tarde. A un mundo menos organizado por la productividad y más por el vínculo. Menos por la promesa y más por la presencia. Un mundo donde las asociaciones civiles, los clubes, las redes comunitarias no son residuos del pasado, sino infraestructura del porvenir.

A modo de epitafio

Cuando el trabajo deje de explicar el mundo, no ganarán los que sepan producir más, sino los que todavía sepan juntarse.

(*) Publicado en El Economista el 17 de diciembre de 2025.

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