¡A la plaza, los pibes!

Invierno con tempo de Allegro: así empezó, en 1965, el programa de Cooper y Laing en el East End de Londres…

El umbral

En 1965, en el East End de Londres, David Cooper y R.D. Laing abrieron Kingsley Hall: una casa donde la psicosis no se trataba, se acompañaba.

Ahí nació el término que resumía el programa entero: antipsiquiatría.

La tesis, resumida al hueso, era esta: la locura no es una falla del individuo sino una respuesta razonable a un mundo, la familia, la fábrica, el Estado, que enferma primero y diagnostica después.

Laing llegó a escribir que el brote psicótico podía ser un viaje, no una caída: una travesía interior de la que se podía volver más entero.

Cooper, más filoso políticamente, leía en cada síntoma una denuncia contra la célula burguesa.

RONALD LAING, KINGSLEY HALL

Fue, en su momento, una intervención radical y necesaria contra el manicomio como depósito.

También fue, visto desde hoy, una apuesta que terminó cobrándose víctimas: Kingsley Hall cerró en 1970 entre suicidios y deterioro, sin la contención que la teoría prometía innecesaria.

Cooper, más filoso políticamente, leía en cada síntoma una denuncia contra la célula burguesa.

¡a la plaza, los pibes!

El margen, cuando se lo idealiza sin red, tiene un costo. Ese costo es el que este ensayo va a seguir, bloque a bloque, hasta la plaza de un nieto.

El heredero

Hay una entrevista donde el Indio lo dice sin metáfora: en algún momento de su vida decidió apartarse de la formación, «en el sentido en que lo plantean Cooper y Laing».

EL INDIO TEXTUAL SOBRE COOPER Y LAING

No es una lectura de juventud que se le pegó sin querer, sino una decisión consciente, tomada con ese marco teórico como brújula, y sostenida: dice no tener evidencia, después de tantos años, de que haya sido un error.

Se define, en la misma respuesta, como hombre de psicodelia, y a partir de esa condición explica por qué tiene poco trato con el pasado: los vínculos, para él, se sostienen con proyecto en común o no se sostienen.

Ahí está el nudo del bloque: el Indio no interpreta a Cooper y Laing, los aplica.

Elige el margen como método de vida, no solo como estética de escenario, y el resultado es la lucidez que todos le reconocemos: una poética que viene, literalmente, de haberse apartado de «la formación» que la mayoría no cuestiona.

Es la versión más pura del programa antipsiquiátrico funcionando como debía funcionar: no como enfermedad, sino como elección de vida sostenida con convicción.

KINGSLEY HALL

Pero conviene no idealizar de más: esa misma lógica, vínculos que necesitan proyecto en común, poco trato con el pasado, es también una descripción bastante exacta de lo que Houellebecq va a acusar en el bloque siguiente.

El apartamiento que en el Indio es lucidez artística, en otra generación fue ausencia doméstica.

La factura

En Las partículas elementales, Bruno y Michel son criados por madres que abrazaron exactamente el ideario que veníamos rastreando: la familia como represión, la liberación sexual y espiritual como cura, la comuna como Kingsley Hall doméstico.

El apartamiento que en el Indio es lucidez artística, en otra generación fue ausencia doméstica.

¡a la plaza, los pibes!

Houellebecq no necesita mencionar a Cooper ni a Laing para que el lector los reconozca, construye la novela como el epílogo no escrito de la teoría, el capítulo que Cooper nunca quiso redactar: qué pasa con el pibe cuando el adulto se va a buscar su verdad.

Bruno termina en una sexualidad compulsiva que es puro vacío; Michel, incapaz de amar, termina por diseñar científicamente el fin de la especie humana tal como la conocemos.

No hay redención ni revelación mística en el brote de los hijos, solo la administración de un daño que nadie vino a acompañar.

Houellebecq no discute el umbral de Laing. Le pregunta, con la voz que a Laing nunca le interesó escuchar, quién se quedó del otro lado esperando.

El sensei

En 2025, One Battle After Another actualiza el mismo expediente con nombre y apellido: Perfidia Beverly Hills abandona a Pat Calhoun y a la hija de ambos para volver a la causa revolucionaria, porque la militancia le importa más que la cría.

Houellebecq no discute el umbral de Laing. Le pregunta, con la voz que a Laing nunca le interesó escuchar, quién se quedó del otro lado esperando.

¡A LA PLAZA, LOS pibes!

Es Bruno y Michel llevados al presente, con uniforme de guerrilla en vez de comuna.

PERFIDIA BEVERLY HILLS, UNA BATALLA TRAS OTRA

Pat se queda, a los tumbos, devastado, cargando solo con lo que quedó de esa fuga.

Pero hay una tercera figura que el ensayo necesitaba y que no había aparecido todavía: Sergio St. Carlos, el sensei, que le da a la hija la estructura y la disciplina que ninguno de los dos padres biológicos pudo sostener.

St. Carlos no es progenitor ni ideólogo. Es la prueba de que el rol que Cooper y Laing nunca escribieron, el que se queda, el que acompaña sin exigir a cambio que el otro le rinda cuentas a su causa, puede ejercerlo cualquiera dispuesto a hacerlo.

EL ESPACIO VACANTE

No hace falta ser el padre para llevar al pibe a la plaza. Alcanza con presentarse.

A modo de epílogo

Y bueno, no tengo mucho más que agregar a Kingsley Hall, a Cooper, a Laing, al Indio de psicodelia sin trato con el pasado, a la sentencia de Houellebecq, ni al sensei que se quedó donde Perfidia se fue.

No hace falta ser el padre para llevar al pibe a la plaza. Alcanza con presentarse.

¡a la plaza, los pibes!

Solo esto, que no tiene nada de teórico: no hay como pasar una tarde de sol en la plaza con los pibes.

Se puede surfear el margen entero, cuestionar la formación, desconfiar de lo establecido, no tenerle miedo a la propia lucidez aunque venga con etiqueta de locura, y aun así estar ahí un martes a la tarde, empujando la hamaca.

Una cosa no cancela la otra.

Lo único que Cooper y Laing no escribieron, lo único que a los hijos de Houellebecq, y a la hija de Perfidia, nadie les dio a tiempo, es exactamente eso: alguien que se apartara de la formación sin apartarse del pibe.

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