Peter Thiel aterrizó en Buenos Aires en su jet privado y se reunió con Javier Milei en una Casa Rosada no por casualidad vaciada de prepo de periodistas. A la par, compró “la casa más cara de la ciudad”, de acuerdo a la información muchas veces espectacularizada por los operadores del real estate metropolitano.
Si es o no es la más costosa, poco importa tratándose de una cifra desde ya impactante de doce millones de dólares, en medio del coqueto Barrio Parque, con diseño de Alejandro Bustillo, el icónico arquitecto que diseñó el Hotel Llao Llao y la sede del Banco Nación, entre muchos otros edificios emblemáticos.
Sin exceso de por medio, aludo al profesional que le dio forma institucional a la Argentina que quería parecerse a Europa y cuya referencia eclipsa cualquier mención a una cifra que, contrastándola versus habituales escándalos de corrupción en Argentina como Libra, Andis, la Causa Cuadernos, AFA y el aún caliente affaire del hoy multipropietario Manuel “Aloe Vera” Adorni, apenas suena como una operación más entre otras.
Por si queda alguna duda, en esta columna abordo el plano cualitativo de la noticia más que el cuantitativo ya que, en el contexto de un país donde abundan tantos casos de ascensos meteóricos de origen misterioso en la escala social, resulta muy difícil dimensionar las cosas como en países donde casi todo está a la vista y por ahí cae en desgracia un funcionario o un empresario por una pequeña dádiva.
En este sentido, vale decir que Thiel dista 180 grados de ser una combinación de turista y empresario acaudalado más, atraído por una inversión inmobiliaria porteña que sirva de base para cultivar hábitos como los que mantienen muchos vecinos millonarios de la zona: un desayuno en La Dolfina Polo Café, un sushi en Dashi de Palacio Alcorta y, ya fuera del barrio, la múltiple galería de eventos que, hasta el anillo más pequeño y exclusivo del círculo rojo local, cultiva casi sin excepción.
Aquí bien vale decir: un vaso de agua, como una participación en una cumbre del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (CICyP) o en un quincho esteño organizado por la familia Brito, no se le niega a nadie.
Sin embargo, resulta imposible que semejantes rutinas con un potencial enorme para alimentar la chismografía de LAM alcance al cofundador del sistema internacional de pagos PayPal, además del pequeño gran antecedente de primer inversor externo de Facebook y hoy creador de Palantir, la empresa que vende sistemas de vigilancia masiva a gobiernos y ejércitos de medio mundo.
Forget about it. Never mind desde ya.
Por el contrario, el negocio de Thiel es saber todo sobre todos. Su producto es la transparencia forzada, el dato extraído, nuestra vida privada convertida en insumo, pero no la suya en el nuestro.
Más aún, Palantir acaba de publicar sus 22 Tesis, el documento que hizo rasgarse las vestiduras a intelectuales como Yanis Varoufakis, quien no dudó en describirlo como la personificación del mal, al igual que un mundo académico donde muchos de sus máximos referentes aludieron sin eufemismos al término tecnofascismo.
El negocio de Thiel es saber todo sobre todos. Su producto es la transparencia forzada, el dato extraído, nuestra vida privada convertida en insumo, pero no la suya en el nuestro.
busthiel o la opaca transparencia
Buenas razones tienen para hacerlo ante la definición de un slogan interno que no deja mucho espacio a la libre interpretación: tu software es el sistema de armas.
Pues ese hombre vino a Buenos Aires a comprarse exactamente la clase de casa donde se pueden tener secretos. Vale decir, la propiedad que, dada la tremenda magnitud del comprador, podría pasar a trascender la identidad tanto de él, como de su diseñador original, en el marco de una etiqueta que deviene en un estupendo oxímoron: Busthiel, o la opaca transparencia.
Tu software es el sistema de armas.
busthiel o la opaca transparencia
Ni más ni menos, el goce de la hoy especie en extinción de la privacidad para quien mira, cómo por una mirilla, la vida privada de todos.
Buenos Aires Tudor
Pocas semanas antes de que Thiel pisara Ezeiza, caminaba por las calles de San Isidro y Parque Aguirre, alrededor de la Plaza Pueyrredón. No iba buscando nada en particular, salvo lo que queda cuando una ciudad empieza a olvidarse de sí misma.
Lo que encontré fueron casas Tudor. Docenas de ellas. Algunas todavía en pie con cierta dignidad, la pintura fresca, el jardín contenido. Otras entregadas a la hiedra, no como descuido, sino como rendición, como si la vegetación hubiera ganado un pleito largo y silencioso.
El goce de la hoy especie en extinción de la privacidad para quien mira, cómo por una mirilla, la vida privada de todos.
busthiel o la opaca transparencia
En una de ellas, a través de una ventana abierta, hasta se veía un papel tapiz floreado, probablemente el original o imitación del que tuvo en su primera época. Afuera, la fachada protestante y severa. Adentro, el ornamento latino que nunca se fue.
En otra salió un hombre medio mal vestido y se subió a una coupé BMW 635 de 1981. Por cierto, un ya clásico que muchos de nuestra Generación X soñábamos con manejar en su momento, que hoy es apenas oropel y quizás reliquia de una promesa que no se cumplió del todo.
Hablando de contexto, vale recordar que ese era el tiempo de un Proceso Militar que se caía a pedazos, a la misma velocidad que una apertura de la economía que recién haría ver la luz de nuevo a aquellos súper autos importados en la década siguiente, de la mano del menemismo.
A propósito, aquí vale preguntarse cuán válida puede ser en Argentina la apreciación de Thiel respecto a que no vivimos el máximo de aceleración tecnológica por culpa de la democracia y sus pesos y contrapesos, tal como lo explicó Tomás Borovinsky en una reciente entrevista en La Nación.
Por el contrario, si hay algo que demostró nuestra última experiencia autoritaria fue precisamente lo inverso: la encarnación de un modelo en las antípodas de la actual combinación, parece que virtuosa a la luz de los resultados, de modernidad tecnológica y autoritarismo del régimen chino que, dicho de paso, Thiel debe considerar en sus elucubraciones.
Más aún, si de aceleración se trata, nuestro Proceso Militar fue, valga la redundancia, la aceleración contra el paredón y el colapso absoluto en todos los ámbitos, no sólo el económico, sino también en su propia localía castrense. In memoriam a nuestros combatientes caídos en Malvinas.
Volviendo al paseo, la casa vallada, la vegetación avanzando, el portón de hierro forjado oxidado. La misma barrera que alguna vez señaló distinción, ahora funcionando como barricada en el marco de una época donde la seguridad y la vigilancia se fundieron en un ámbito que adquirió vida propia y, por cierto, le abonó la cancha a los Thiel de la vida.
Si de aceleración se trata, nuestro Proceso Militar fue, valga la redundancia, la aceleración contra el paredón y el colapso absoluto en todos los ámbitos.
busthiel o la opaca transparencia
Estas casas las construyeron inmigrantes italianos, españoles, sirio-libaneses que habían cruzado el Atlántico con una idea muy precisa de lo que querían ser: ingleses de fachada. Ello tenía pleno sentido. Era la Argentina del Primer Centenario, con el centro imperial del mundo en Londres.
La dinastía Tudor, que le dio nombre al estilo, era el código visual del poder anglosajón. Isabel I con su cara entalcada de blanco como porcelana, el cuello de encaje como armadura blanda, la mirada que no pide permiso.
Ese manual de estilo cruzó el océano, se mezcló con el ladrillo rioplatense y el clima subtropical, y produjo algo que no existía en ningún catálogo de arquitectura europeo: la casa Tudor de la pampa. Afuera, la civilización. Adentro, el puchero.
¡A no comerse la curva!: Isabel tampoco era del todo lo que parecía. El maquillaje de plomo blanco cubría la viruela, el pelo era peluca, la imagen era construcción política deliberada. La máscara sobre la máscara. El Tudor siempre fue un disfraz. En todo caso, lo que hizo la pampa fue agregarle hiedra.
Buenos Aires Art Decó
Me detuve frente al Instituto Botánico Darwinion casi sin querer. Art Decó severo, ornamentación geométrica que insinúa algo precolombino, la bandera argentina en el mástil. Un edificio que, a diferencia de las casas Tudor, no estaba fingiendo ser otra cosa.
Había encontrado un idioma propio, moderno sin ser internacional, local sin ser folklórico. Adentro, desde hace décadas, botánicos pacientes catalogaron exactamente lo que la hiedra hacía afuera sin pedirle permiso a nadie. La naturaleza rioplatense no ataca, infiltra y reformatea a todo lo que toca. Y el Darwinion lleva un siglo estudiando cómo esa penetración funciona.
Los árboles de San Isidro estaban entrando en otoño. Tipas, jacarandás, liquidámbares. Vale destacar: especies que alguien plantó hace cien años, con una visión de largo plazo que hoy resulta casi incomprensible.
Nadie planta un liquidámbar pensando en sí mismo. Se planta para los que vienen después. Eso también es una forma de privacidad: el gesto que no necesita ser visto para tener sentido.
Caminé sin apuro. Estando a pocas semanas de cumplir sesenta años, el número me invita a ir más despacio, a tocar las paredes, a detenerme donde el cuerpo o el punto de interés me pide una parada.
En particular, ahí recordé como hace un par de años atrás en el Edificio Fisher de Detroit, casi me arrancó el brazo una cerradura de bronce. Diez kilos, calculé. Semejante mecanismo de metal macizo para guardar lo que había adentro, en comparación con estas cerraduras modernas que son un chiste y hasta resultan una invitación a la delincuencia o, al menos, al descuidismo.
Estando a pocas semanas de cumplir sesenta años, el número me invita a ir más despacio.
busthiel o la opaca transparencia
El lastre como declaración de principios: acá hay algo que vale la pena proteger. Las casas Tudor de Eduardo Costa pesan también, aunque de otra manera. Cargan con el tiempo acumulado, con la hiedra que ya es parte de la estructura, con el papel tapiz que nadie cambió porque nadie sabe muy bien si cambiarlo sería una mejora, una pérdida o, peor aún, si ello acarrearía el temible salto a materiales modernos sin personalidad alguna.
Pesadez o liviandad
En la esquina de Parque Aguirre, un martes de otoño, los dos mundos se miraron en silencio. A la derecha, la casa Tudor: ladrillo rojo, entramado de vigas oscuras, árboles amarilleando con el otoño encima.
A la izquierda, separado apenas por la calle de adoquines, el volumen negro de hormigón y madera oscura, sin ornamento, sin historia, sin peso simbólico.
Los cables eléctricos cruzaban el cielo azul como un garabato involuntario, la única continuidad entre ambos mundos: la misma red que alimenta la nostalgia y la eficiencia, el papel tapiz y la domótica, la cerradura de bronce y la tarjeta magnética.
Las casas Tudor de Eduardo Costa pesan también, aunque de otra manera. Cargan con el tiempo acumulado, con la hiedra que ya es parte de la estructura.
busthiel o la opaca transparencia
Uno tenía cien años y estaba lleno de secretos. El otro tenía tres y no sabía guardar ninguno. Como todo hoy en día, a la vista, sobre el mostrador. El misterio te lo debo pa’la próxima.
Byung-Chul Han lo llamó la sociedad de la transparencia: un mundo donde todo debe ser visible, medible, disponible. No como conquista de la libertad, sino como su disolución.
La casa Tudor, con toda su impostura, su sagrado corazón en el pasillo y su puchero en la cocina, tenía al menos el decoro de guardar algo adentro.
Por el contrario, el condominio de carpintería de aluminio transparenta porque no hay nada que guardar o, peor aún, porque la categoría misma de lo privado se volvió operativamente irrelevante. En este contexto, ¿guardar u ocultar qué?
Ya está todo en Instagram de todas formas. Bentham lo había imaginado en el siglo XVIII: el panóptico, la arquitectura del control perfecto, los pocos vigilando a los muchos desde una torre invisible.
Lo que Bentham no previó es la versión contemporánea del dispositivo. Shoshana Zuboff lo describió con precisión quirúrgica: el capitalismo de vigilancia no extrae datos para controlarte hoy.
La categoría misma de lo privado se volvió operativamente irrelevante. En este contexto, ¿guardar u ocultar qué?
busthiel o la opaca transparencia
Te extrae para predecirte y modificarte mañana. Y la novedad radical, la que hace que el panóptico de Bentham parezca pintoresco, es que el prisionero contemporáneo construyó su propia celda, la decoró, le puso buena iluminación, y paga las expensas voluntariamente.
En resumidas cuentas, no hay torre visible, sino que la vigilancia se volvió infraestructura invisible del deseo.
Borges lo había intuido de otra manera. En Adrogué, en la zona sur del conurbano bonaerense, alguien le contó una historia en una galería. Quizás un detalle que parece menor, pero no lo es. Significa que no la leyó, tampoco que la encontró en un archivo, sino que se la contaron tête-à-tête.
Ya está todo en Instagram de todas formas. Bentham lo había imaginado en el siglo XVIII: el panóptico, la arquitectura del control perfecto.
busthiel o la opaca transparencia
Es decir, había un cuerpo enfrente, había una tarde, había una sociedad que producía y circulaba experiencias, siendo la galería de la casa Tudor el contenedor físico de esa conversación.
En el ángulo opuesto, el condominio no tiene galería. Tiene suma y resta de expensas. Lo que allí ocurre no es conversación, sino declaración: el formulario, el grupo de WhatsApp del edificio, la queja por el ruido. En definitiva, la sala de estar convertida en espacio de interrogatorio.
Busthiel, a modo de epílogo
Y entonces aterrizó Thiel: la transparencia total como doctrina militar. La vigilancia masiva como hard power del siglo XXI. Todo visible, todo integrado, todo disponible para quién tenga acceso al sistema. El arquitecto global de la celda transparente.
Ese hombre vino a Buenos Aires y compró una mansión de Bustillo. Pequeño gran detalle: no compró en Nordelta, sino que Nordelta, ¡lo digo metafóricamente!, es el multiverso que él construyó para otros.
Y entonces aterrizó Thiel: la transparencia total como doctrina militar. La vigilancia masiva como hard power del siglo XXI.
Busthiel o la opaca transparencia
Por el contrario, eligió Barrio Parque, a pocas cuadras del edificio de Posadas y Schiaffino donde Bioy Casares vivió y escribió, donde las hermanas Ocampo recibían a Borges, donde Sur tramaba su conversación con el mundo desde departamentos de más seiscientos metros, con dos hogares internos, y que hoy todavía cotizan a alrededor de siete millones de dólares.
Vale remarcar: el mismo Bustillo, la misma escala de valores y un similar peso, así como nobleza de los materiales.
En definitiva, el mercado terminó dándole la razón a la cultura: lo que Bioy, Victoria y Silvina eligieron para pensar no fue capricho estético, sino una apuesta sobre qué tipo de espacio produce qué tipo de vida interior.
Thiel lo entendió de entrada, la vio. Fachada académica francesa, escalera de mármol, cava de vinos y seis dormitorios en suite. En resumen, una casa construida exactamente según la lógica que Palantir se dedica a destruir: el interior opaco, la vida privada como derecho, el secreto como condición de la dignidad.
Por si no queda claro: Thiel no compró una celda transparente, sino que adquirió la torre.
Ahí Heidegger, un alemán tan alemán como nuestro flamante vecino, decía que el ser se revela en la amenaza de su ocultamiento definitivo y que la palabra emerge del silencio precisamente cuando éste está a punto de desaparecer.
Thiel no compró una celda transparente, sino que adquirió la torre.
busthiel o la opaca transparencia
Pues la privacidad, ese bien que el condominio de aluminio disolvió sin dramaturgia, que la hiedra intentó preservar a su manera vegetal y paciente, que el Darwinion catalogó en silencio durante décadas, que Bioy y las Ocampo habitaron sin necesidad de defenderla porque todavía era el aire natural de su tiempo, hoy se vuelve nombrable, urgente, filosóficamente visible, en el momento exacto en que el hombre que se dedicó a exterminarla viene, curiosamente, a comprarla por doce millones de dólares.
La pampa cobró su factura impaga. Pero esta vez el que paga habla inglés, tiene treinta mil millones de dólares, y firma con el mismo nombre que el software de vigilancia que acecha nuestras vidas, parece que la misma supervivencia del planeta también, desde el otro lado de la pantalla.
Bienvenido a Barrio Parque, Mr. Thiel. La hiedra ya está esperando.
(*) Publicado en El Economista el 1 de mayo de 2026.








