Hay tierras donde el mito brota solo. Y hay otras -como la llanura rioplatense- dónde el mito hay que inventarlo para no morir de silencio. La pampa no ofrece prodigios: ofrece vacío.
Un plano inmóvil, desangelado, que obliga a la mirada a escarbar en el horizonte y a la imaginación a fabricarse un refugio.
La pampa no ofrece prodigios: ofrece vacío.
CABALLO ALADO
Ahí nace lo fantástico: no como ornamento literario, sino como primer gesto de supervivencia. Atahualpa Yupanqui lo entendía cuando hablaba de los hommes bleus, los beduinos que, rodeados de nada, inventaban un camello de cinco patas para que la vida no se les secara en los ojos.
El desierto exige imaginación. La pampa también. Cortázar, Borges, Felisberto Hernández: todos hijos de esa intemperie que pide ficción. Ellos no necesitaban selvas devoradoras ni ciudades milenarias. Necesitaban una grieta en lo real para que entrara algo de respiración.
Porque en el Río de la Plata lo fantástico no surge del exceso —como en el Caribe de Carpentier o en las selvas de Fitzcarraldo— sino de la carencia.
El desierto exige imaginación. La pampa también.
CABALLO ALADO
Aquí el prodigio no abunda: se fabrica. Ethan Edwards podría haber cabalgado estas tierras, errante y herido por un horizonte sin respuesta. William Blake también, caminando como un espectro sobre un mundo que no explica nada.
En semejante vacío, la mente se vuelve su propio territorio mítico. La selva crea mitos porque sobra vida. La pampa crea fantasmas porque sobra espacio.

Por eso, en estas llanuras, el camello de cinco patas no es una excentricidad: es la forma que encuentra el alma para no quedar atrapada en la evidencia.
Aquí lo fantástico no es un género: es un modo de mirar lo que el silencio no alcanza a decir.
