“Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires (GBA) para comprobar la rapidez con que semejante política lo convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes”. Tal denuncia de Rodolfo Walsh, inmortalizada en el ingreso al predio dónde funcionó la tenebrosa Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), conserva un enorme valor, de ninguna manera opacado por los ya casi 50 años transcurridos a la fecha.
En primer término, por la oportunidad: esa Carta Abierta a la Junta Militar fue escrita en ocasión del primer aniversario del Golpe Militar (24/3/77) y distribuida apenas un día antes de su asesinato. En segundo lugar, porque el célebre periodista y escritor puso la lupa sobre un tema que, al presente, continúa disparando ácidas polémicas en el ámbito de nuestro cada día más tóxico tablero político.
Al hit gastado de los “70 años de peronismo”, lo suceden desde el otro campamento político las alusiones al impacto ocasionado por los fallidos ensayos de modernización económica, encuadrados hoy en día bajo el contaminado rótulo de «políticas de ajuste neoliberal”. Atenti: ¡no dejemos que este debate apremiante para una Argentina con una performance material tan decepcionante en el último medio siglo, sea copado por quienes aman odiar al vecino de enfrente!
Para ser más precisos, de las dos décadas previas a la Carta de Walsh dónde hay evidencia de crecimiento de los asentamientos informales o villas en el GBA, o sea entre 1950 y 1970, el peronismo gobernó en cinco de ellos, o sea, en apenas un cuarto de ese intervalo. De igual modo, también hay que decir, sin titubeo, que el modelo de Industria Sustitutiva de Importaciones (ISI) ya se había mancado hacia fines de la década del 50, en virtud de cuellos de botella tecnológicos y financieros.
Por cierto, una situación que había sido reconocida por el propio presidente Perón en su segundo gobierno, a través del giro de política económica que implicó la designación de Alfredo Gómez Morales como ministro en 1952, con la consecuente promoción de la Inversión Extranjera Directa (IED) en el marco de un primer ensayo de Régimen de Grandes Inversiones (RIGI) como el hoy promovido por el presidente Milei que, vale aclarar, tiene otros antecedentes en las gestiones del presidente Frondizi, Menem y Kirchner.
Aceptación o negación
En tal sentido, resulta imposible aproximarse al museo de la miseria humana que continúa representando la ESMA, sin resaltar el papel de dos actores siempre decisivos en cualquier historia de éxito o de trauma social estrepitoso: el cambio tecnológico y su modo de administración, desconocimiento o, en el extremo, negación por parte del liderazgo político en sentido abarcativo.
El modelo de Industria Sustitutiva de Importaciones (ISI) ya se había mancado hacia fines de la década del 50 en virtud de cuellos de botella tecnológicos y financieros.
cambio tecnológico y política
Por cierto, Walsh escribió su Carta Abierta en un país que se desindustrializaba a la velocidad de la represión, dónde detrás de cada dato económico había cuerpos desplazados, trabajadores expulsados de los talleres, del ferrocarril y de los cordones industriales. Y, a la par, con un gobierno que optaba por el estéril camino del tipo “muerto el perro, se acabó la rabia”: una política dura de seguridad también denunciada por el autor de “Operación Masacre”.
“Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%”.
Todo ello, vale decir, con el telón de fondo de un modelo de sustitución de importaciones que se resquebrajaba y dónde en los márgenes del Riachuelo aparecían nuevas villas que no eran sólo el resultado de la pobreza, sino también del desarraigo. En resumen, la sombra material del derrumbe de una Argentina que alguna vez había soñado con que podía producirlo todo y se despertaba a punta de fusiles en medio de la peor pesadilla.
Pasó en América
Hora de volver a un punto neurálgico de la amarga historia de violaciones a los derechos humanos denunciada en su momento por Walsh a pocas horas de su muerte, pero ¡cuidado!: que el comportamiento de aquél enceguecido verdugo no nos haga perder de vista el accionar paralelo de una potente fuerza que opera muchas veces en silencio y sin el temible rostro de “los Jorges” de la ESMA: el cambio tecnológico.
Lo experimenté de primera mano recorriendo en dos oportunidades el “cinturón oxidado” de Estados Unidos y visitando sitios emblemáticos de ese gran epicentro industrial como las hoy chimeneas mudas de Michigan, las fábricas fantasmas de Flint y esa suerte de Vaticano de la modernidad que representan los monumentales edificios diseñados por Albert Kahn en Detroit.
De más está decir que poco tiene que ver la brisa fresca proveniente de los grandes lagos circundantes a ese viejo entramado industrial, con el paisaje del oscuro Río de la Plata y el Riachuelo. Sin perjuicio de ello, cuan cercana resulta la experiencia de aquellos operarios industriales del menguante conurbano bonaerense de los tiempos de la ISI, respecto de aquellos obreros que construyeron el siglo americano -el acero, los motores, los sueños de Henry Ford- y se encontraron fuera del juego casi en simultáneo a nuestros operarios industriales: mediados de la década del 70.
No perdamos de vista el accionar paralelo de una potente fuerza que opera muchas veces en silencio y sin el temible rostro de “los Jorges” de la ESMA: el cambio tecnológico.
cambio tecnológico y política
No fue una dictadura la que puso, torpemente, la última tachuela al ataúd de ese mundo industrial en declive, sino un cambio tecnológico que borró empleos, rutinas y certezas, adquiriendo protagonismo con el tiempo un robot que sustituyó al brazo, el algoritmo al capataz, quedando el trabajador industrial suspendido entre dos mundos: el pasado del salario estable y el futuro que no lo necesitaba.
Desde la política, Trump supo hablarle a esa herida. Prometió fábricas reabiertas, humo en las chimeneas, una América “great again” como si pudiera desandar el reloj. Pero el verdugo era el cambio tecnológico con epicentro en una arrolladora China que, en propias palabras del entonces candidato, se había robado los puestos de trabajo y los sueños de la clase media del medio oeste que, en su época, prosperó a caballo de ese modelo.
En ese plano, la política también falló, no administrando con eficacia el duelo y las esquirlas de un proceso de innovación y, en su faceta más profunda, de destrucción creativa como el conceptualizado por el economista Joseph Schumpeter a principios de los años 40.
Progreso con liderazgo
No tengamos temor a decirlo, más en esta instancia dónde nos encontramos en medio de una nueva gran revolución tecnológica alrededor de herramientas intangibles como la Inteligencia Artificial: todo progreso sin liderazgo político y amortiguadores sociales es una forma de violencia, en las antípodas de un proceso que, siendo de por sí traumático, debe ser administrado con, valga la redundancia, Inteligencia Política y Sensibilidad Humana.
Asimismo, debemos reconocer que un gran consenso que nuestra ya sólida democracia forjó con el tiempo tiene que ver con no sólo dejar fuera de debate, sino hasta reforzar herramientas de contención social como una Asignación Universal por Hijo (AUH) que, al día de hoy, la administración Milei hasta mantuvo fuera del campo de acción de la motosierra, al punto de haberla aumentado un 8,6% en términos reales respecto a 2024 y un 28,5% versus 2023.
¿Tiempos de polarización extrema? Sí. ¿Tiempos de consensos igualmente extremos aunque sin foto de familia de por medio? ¡También! Digámoslo también sin dudarlo: nuestra democracia lo hizo.
Todo progreso sin liderazgo político y amortiguadores sociales es una forma de violencia, en las antípodas de un proceso que, siendo de por sí traumático, debe ser administrado con Inteligencia Política y Sensibilidad Humana.
cambio tecnológico y política
Pero ahora volvamos por un rato al pasado que, a la par, también nos habla del presente. En Argentina, el colapso de la ISI en los años 60 y 70 prefiguró ese dolor. El cierre de talleres, la importación de bienes intermedios, la represión sindical, todo conspiró para que la villa se volviera no sólo paisaje urbano, sino destino. Aquél “Gran Buenos Aires de diez millones de habitantes” era ya una gran Detroit del sur, sin el skyline de los rascacielos, pero con la misma sensación de abandono.
El edificio emblemático de ese proceso -si quisiéramos buscar uno- no sería de acero y vidrio sino de cemento y óxido: los esqueletos fabriles del conurbano, las fábricas de Avellaneda o La Matanza, silenciosas como templos profanados. Donde en los años 50 resonaban las sirenas de fin de turno, en los 80 crecía el eco de la desocupación.
Detroit tenía su Chrysler Building y su General Motors Renaissance Center. Nosotros tuvimos el Alpargatas, el SIAM, los talleres ferroviarios de Tafí Viejo. Edificios que alguna vez fueron orgullo de una nación industrial y hoy funcionan como memoriales involuntarios del agotamiento, fracaso o imposibilidad de una política de largo aliento.
El cambio tecnológico no tiene moral ni bandera; su impulso es ciego, promete eficiencia pero, vale resaltar, genera desarraigo entre otros colaterales. La política, si tiene algún sentido, debe contemplar dispositivos de alivio: educación, formación, cultura, redes de contención, o sea, una épica posible para quienes quedaron a la intemperie del progreso.
Lo que Walsh llamaba “la villa miseria de diez millones de habitantes” no era sólo una denuncia, era también una advertencia: cuando el Estado renuncia a proteger a los que pierden, la sociedad se deshilacha. Detroit, el conurbano, el cinturón industrial de Rosario, los pueblos textiles de Tucumán, las ruinas de Berisso: todos hablan una lengua en común. Por cierto, un idioma que mezcla metal, sudor y silencio.
En 2016, mientras recorría las carreteras oxidadas de Pensilvania y Michigan tan bien representadas en el taquillero film “El Brutalista”, tuve una sensación similar a la experimentada en algunas viejas áreas industriales del conurbano bonaerense.
Es decir, siendo territorios separados por un continente, los sentí igual unidos por un mismo vértigo: el que genera recorrer un mundo que tuvo tremenda vitalidad y ya no existe más.
Quizás ahí reside la verdadera función de la política: no en frenar el cambio tecnológico, ¡por Dios eso jamás!, sino en estimularlo y acompañarlo sin que el tejido social se desgarre. Es decir, creando un puente entre el obrero y el algoritmo o entre la fábrica y el data center que facilite o amortigue el desafiante y siempre turbulento tránsito de un mundo al otro.
Detroit, el conurbano, el cinturón industrial de Rosario, los pueblos textiles de Tucumán, las ruinas de Berisso: todos hablan una lengua en común.
cambio tecnológico y política
Sin ese vínculo, todo progreso se convierte en un acto de exclusión y, a la postre, de profundos conflictos políticos. En definitiva, aquello que Walsh advirtió en su tiempo, aunque no hablando de robots ni de inteligencia artificial: cuando una sociedad permite que millones vivan en la villa del despojo, no está administrando su economía, sino que tiene un infierno político en la tierra a la vuelta de la esquina.
(*) Publicado en El Economista el 2 de noviembre de 2025.




