San Francisco, California. La imagen me trajo un recuerdo instantáneo: la tapa del libro “La lentitud” del escritor checo Milan Kundera dónde una motocicleta de alta cilindrada pasaba a toda velocidad a un viejo carruaje. En esta ocasión, la postal provino de una manifestación de trabajadores hoteleros de San Francisco que reclamaban por sus salarios y por la cobertura médica en peligro ante el ajuste encarado por varias cadenas reconocidas a escala internacional.
Por cierto, un típico conflicto del siglo XX donde pujan empresarios versus trabajadores con derechos sociales en peligro.
Mientras transcurría semejante película, se detuvo justo en la entrada del hotel un auto sin conductor de una firma cuya flota copa a diario las calles de esta hermosa ciudad de California, con una modalidad de servicio tipo taxi pero, en simultáneo, con un evidente propósito experimental de acumulación de millas y aprendizaje.
Tomando las palabras de un hit de Divididos, la imagen era el siglo XX y el siglo XXI definiendo por penal. En tal sentido, esta historia es emblemática para aproximarse a lo ocurrido el pasado súper martes 5 de noviembre.
Que Donald Trump haya obtenido una victoria de semejante profundidad a caballo de un mensaje de restauración de una vieja época imposible de resucitar, ¡y en su ya tercera carrera presidencial!, avala por sí mismo el testimonio que me transmitió uno de aquellos trabajadores proveniente de El Salvador: “el sueño americano terminó hace tiempo”.
Fundamentos tiene para percibirlo. Por un lado, el mundo de las manufacturas que impulsó la gran prosperidad económica norteamericana de posguerra hoy tiene rostro chino o, peor aún, murió por el cambio tecnológico.
Por otra parte, la nueva juguetería digital, la internet de las cosas o la inteligencia artificial, hasta hoy no pasaron el test ácido que, en términos de impacto en la productividad, sortearon en su momento la máquina de vapor, la electricidad, los antibióticos o los electrodomésticos, entre otras grandes innovaciones.
En tal aspecto, el artículo de 2016 del Premio Nobel Nouriel Roubini “El populismo y la productividad” conserva enorme vigencia. Al presente, y que nadie se ofenda, tales innovaciones tecnológicas fueron mucho ruido, claroscuros y no tantas nueces.
La nueva América
Ahora bien, que a aquella vieja versión del sueño americano haya que darle cristiana sepultura, no significa que aquél sinónimo de tierra de oportunidades no esté en un proceso de reformulación y eventual regreso triunfal. Vale decir, en una resignificación que, de ninguna manera, es compatible con la diatriba agitada por Donald Trump durante la campaña.
En particular, hoy resulta disparatada la idea de un Estados Unidos Grande de Nuevo no asociada a rostros latinos, asiáticos, árabes y africanos como los que echaron raíces durante las últimas décadas.
En ese plano, también resulta simbólico lo que experimenté en dos suburbios de Detroit no sólo vinculados a dos tanques automotrices norteamericanos, sino también a la propia mejora de la performance de Trump en Michigan.
Así como en el vecindario de Hamtramck dónde está localizada General Motors suena la sirena que anuncia la hora de rezar hacia la Meca, lo mismo ocurre en el ya barrio árabe de Dearborn que no sólo cobija a Ford, sino también a la propia bóveda de quien lideró semejante revolución productiva, in memoriam Henry Ford.
Hoy resulta disparatada la idea de un Estados Unidos Grande de Nuevo no asociada a rostros latinos, asiáticos, árabes y africanos como los que echaron raíces durante las últimas décadas.
EL FIN DEL SUEÑO AMERICANO
Tal fenómeno se extiende a las calles de Nueva York, hoy saturadas de inmigrantes de África Occidental que, vale decir, son el rostro visible de las diversas plataformas tecnológicas de distribución de bienes que esa Roma moderna consume a una escala consistente con la legión de camiones de recolección de basura, así como con la marea de ratas que copan la ciudad por la madrugada.
Y ello es apenas una muestra de un fenómeno que se extiende a todo el país en las áreas de mantenimiento, construcción y cuidados personales, entre otras.
En una palabra, el ocasional nuevo sueño americano tendrá poco que ver con la masiva ola de inmigrantes provenientes de la Europa del Norte así como Nórdica que, huyendo de guerras, hambrunas y persecuciones políticas, poblaron el país durante el siglo XIX y comienzos del XX.
No obstante, ello puede no alcanzar al plano del liderazgo político que todavía goza de la protección de un sistema de Colegio Electoral que, según los padres fundadores, fue creado para mantener a la política aislada de los humores circunstanciales de la opinión pública.
Batalla cultural
En medio de semejante proceso de revival trumpista que vive hoy Estados Unidos, la administración Milei impulsó una política de alineamiento de una profundidad nunca vista. En este plano, cualquier comparación con la política de “relaciones carnales” de la década del 90 queda fuera de lugar.
En particular, la administración Menem mantuvo, a la par del lógico alineamiento con la súper potencia del entonces mundo unipolar, una política muy activa en el plano regional reflejada en casi 20 viajes presidenciales a Brasil por parte del hoy venerado caudillo riojano.
En tal sentido, hoy más que hablar de carnalidad, estamos en una zona dónde si la administración Trump tuviese un vocación por la integración económica como la que exhibió George Bush hijo en su momento en Mar del Plata, a partir de enero próximo ya ambos gobiernos estarían trabajando en un borrador de Tratado de Libre Comercio y mucho más.
Sin embargo, en el contexto aislacionista norteamericano consagrado como “América Primero”, todo parece reducirse a las profundas afinidades en el plano de la “batalla cultural”.
Y al campo de la simpatía personal. Por cierto, ambas no son coincidencias menores. De movida y, a corto plazo, ello puede traducirse en ese ayudín necesario para aliviar los fuertes compromisos con el Fondo Monetario Internacional. Por otra parte y, a mediano o largo plazo, semejante política puede desembocar en una sociedad estratégica tendiente a contener la fuerte penetración de China en Sudamérica.
En ese terreno, podría ampliarse la agenda de cooperación más allá del interés ya explicitado por el Comando Sur: hidrovía y triángulo del litio.
Sin embargo, resulta conveniente moderar expectativas por doble vía. En primer término, más que Argentina, América Latina, con la excepción positiva de México así como negativa de Venezuela, no mueve la aguja en la agenda de política exterior de Estados Unidos desde hace décadas.
Por otra parte, nuestro país ya tiene el antecedente de un préstamo récord a la administración Macri que, con los resultados a la vista, no sirvió para la instrumentación de ninguna corrección de largo plazo sino, por el contrario, aquí estamos parados y, como dice el refrán, con el pescado sin vender.
(*) Publicado en El Economista el 13 de noviembre de 2024.




