El programador puede vivir en Córdoba, trabajar para California, escuchar al Indio, votar a Milei y tener una sensibilidad cultural que no encaja en ninguna de las categorías anteriores.
¿Dónde lo ponemos?
Durante buena parte de la historia de la ciencia política, la respuesta parecía relativamente sencilla. Las sociedades podían ser leídas a partir de grandes agrupamientos: clases sociales, territorios, oficios, religiones, identidades nacionales.
Esas pertenencias se superponían y, con bastante frecuencia, encontraban un correlato político estable.
El trabajador votaba a determinado partido; el empresario, a otro; una región tenía una determinada orientación; una profesión construía su representación; una comunidad cultural encontraba su expresión política.
No era un mundo perfectamente ordenado, pero sí un mundo en el que las partituras y los intérpretes guardaban cierta relación.
Algo de eso parece haberse roto.
El programador cordobés es apenas un personaje imaginario, pero condensa una transformación real.
Vive en una ciudad argentina, trabaja para una empresa o un cliente situado a miles de kilómetros, consume cultura global, puede sentirse parte de una comunidad digital, escuchar a los Redondos y votar a un candidato que jamás pisó su provincia.
¿Es clase media? Sí. ¿Es cordobés? También. ¿Es trabajador? Por supuesto. ¿Es globalizado? Indudablemente. ¿Es libertario? Quizás. ¿Es ricotero? Puede ser.
¿Cuál de esas categorías explica su voto? Probablemente ninguna por sí sola.
Y quizás el problema no sea que nos falten categorías para clasificarlo. Tal vez el problema sea que seguimos buscando un aglutinante cuando lo que tenemos delante es una combinación.
La sociedad se volvió más compleja que sus antiguos contenedores.
El vacío no está afuera de la sociedad. El vacío está entre la sociedad y sus instituciones.
La sociedad se volvió más compleja que sus antiguos contenedores.
Mucha sociedad, poco palacio
Afuera están las multitudes, las canciones, los memes, las iglesias, los clubes, las redes, los barrios, las comunidades culturales, las nuevas formas de trabajo, los empresarios, los movimientos espontáneos, las identidades que todavía no tienen nombre.
Mucha sociedad, poco palacio.
Y acaso ahí haya una de las claves para entender la política contemporánea.
Las viejas góndolas
Las elecciones producen una paradoja.
Durante un período electoral, toda esa heterogeneidad debe ser obligada a entrar en unas pocas góndolas.
La boleta exige una decisión binaria o múltiple pero siempre simplificadora: esta fuerza o aquella, este candidato o el otro.
La sociedad, que durante cuatro años puede organizarse en miles de pertenencias diferentes, debe comprimirse durante unas horas en una urna.
La elección es, en ese sentido, un gran mecanismo de agregación forzada.
Pero que millones de personas coloquen la misma boleta en la misma urna no significa necesariamente que hayan vuelto a compartir una identidad política.
Pueden haber compartido solamente un rechazo.
O una esperanza. O un candidato. O la sensación de que había que romper algo.
Eso ayuda a entender fenómenos políticos recientes que, vistos desde las categorías tradicionales, parecen inexplicables.
Una mayoría electoral puede ser extraordinariamente grande y, al mismo tiempo, socialmente estrecha. Puede contener personas que no tienen demasiado en común fuera del momento electoral que las reunió.
Una coalición puede ganar antes de saber exactamente qué es.
Puede existir primero como agregación electoral y recién después intentar convertirse en partido, organización, identidad.
Una mayoría electoral puede ser extraordinariamente grande y, al mismo tiempo, socialmente estrecha.
mucha sociedad, poco palacio
Y ahí aparece una diferencia decisiva.
Los viejos partidos construían buena parte de su fuerza de abajo hacia arriba: organización, militancia, territorio, identidad, liderazgo y finalmente voto.
El nuevo ciclo parece permitir, al menos en algunos casos, el recorrido inverso: pantalla, identificación, líder, voto y recién después, si llega, organización.
Javier Milei ofrece un caso particularmente interesante.
Su triunfo no necesitó que todos sus votantes fueran libertarios doctrinarios. Bastó con que una cantidad suficiente de personas reconociera en él una ruptura con aquello que ya no quería.
El candidato pudo ocupar un espacio que estaba disponible antes de que existiera una organización capaz de ocuparlo.
No llenó primero el vacío para luego ganar. Ocupó el vacío y después tuvo que intentar llenarlo.
Por eso las mayorías construidas de esta manera pueden ser poderosas para ganar una elección y mucho más difíciles de sostener en el tiempo.
Milei pudo ocupar un espacio que estaba disponible antes de que existiera una organización capaz de ocuparlo.
mucha sociedad, poco palacio
Ganar requiere agregar. Gobernar exige ordenar. Reelegir demanda construir una identidad.
Y esas tres cosas ya no son necesariamente equivalentes.
El que está afuera
Quizás por eso sea interesante volver al Indio.
No para convertirlo retrospectivamente en un dirigente político ni para reducir el fenómeno ricotero a una identidad partidaria. Al contrario.
Lo interesante es justamente aquello que se resiste a ser capturado.
En sus reflexiones sobre el rock aparece una idea que resulta sorprendentemente contemporánea: una comunidad que no se define primordialmente por la Nación, una juventud rebelándose contra el mundo administrado por los adultos, una cultura que pretende estar más allá de las fronteras.
Y en el universo del tango aparece otra figura: el que está afuera, el marginal, el que tiene su propio código, el que no termina de aceptar la ley de los demás. El que arma quilombo.
De ahí el interés por Ladrillo, esa figura tanguera que el propio Indio recupera y que parece anticipar algo del universo que después habitarían los Redondos.
No es exactamente antipolítica.
Es algo más profundo: desconfianza frente al mundo administrado por otros.
El artista no quiere quedar sometido al capricho del político. El rocker no necesita sí o sí una patria para sentirse parte de una comunidad. El ricotero puede construir una pertenencia extraordinariamente intensa sin transformarla en partido.
Y aquí surge una cuestión fundamental.
Una comunidad cultural no necesita convertirse en una comunidad política para tener consecuencias políticas.
Puede producir confianza, códigos, lealtades, formas de reconocerse, enemigos comunes, sensibilidades compartidas.
Puede hacer política sin llamarse política.
Puede ser más fuerte que un partido y, al mismo tiempo, no querer ser un partido.
Los vínculos que no entran en la urna
Esto permite volver a una pregunta que surge en un lugar aparentemente lejano de la política: La intrusa, de Borges.
Los hermanos Eduardo y Cristián construyen una relación cuya jerarquía termina imponiéndose sobre cualquier otra consideración. El vínculo de sangre prevalece.
Una comunidad cultural no necesita convertirse en una comunidad política para tener consecuencias políticas.
mucHa sociedad, poCo palacio
La historia es extrema, brutal, pero plantea una cuestión mucho más general: los seres humanos no ordenamos nuestros vínculos de manera indiferenciada.
Hay lazos que pesan más que otros.
Familia, amistad, barrio, profesión, religión, club, cultura, nación, ideología: todos pueden convertirse en formas de pertenencia. Y pueden entrar en conflicto entre sí.
La política suele suponer que el ciudadano es, antes que nada, un individuo que evalúa programas, intereses y resultados.
Pero quizás el ciudadano sea también alguien que pregunta, consciente o inconscientemente:
¿Quiénes son los míos? Por eso se hacen negocios con determinada gente. Por eso se vota como determinada gente.
Esa es, casi con seguridad, la mejor Masterclass de política que me dieron en guaraní dos simpáticas paraguayas en un bar de Ciudad del Este: “ndahaei ñanderehegua”.
“¿Me pueden explicar?”. “Te dijimos que no es uno de los nuestros el candidato que mencionaste”.
Por eso alguien puede rechazar una propuesta económicamente conveniente porque desconfía de quien la formula.
Por eso alguien puede votar contra su interés inmediato porque siente que está defendiendo a los suyos.
¿Quiénes son los míos? Por eso se hacen negocios con determinada gente. Por eso se vota como determinada gente.
mucha sociedad, poco palacio
No elegimos solamente entre bienes: optamos también entre vínculos.
Y las instituciones políticas funcionaron durante mucho tiempo precisamente porque consiguieron transformar muchos de esos vínculos dispersos en identidades relativamente estables.
El partido, en aquellos tiempos ya lejanos, era un gran traductor.
Tomaba clase, territorio, oficio, religión, cultura, intereses y memoria y los convertía en una identidad política.
Ese traductor parece estar perdiendo capacidad.
El Partido del Vacío
El Partido del Vacío no es entonces el partido de quienes no pertenecen a nada.
Es casi lo contrario.
Es el contenedor de quienes pertenecen a demasiadas cosas que ninguna institución política consigue contener simultáneamente.
El ricotero, el que desconfía de todos los partidos, el joven que vota al outsider, el que se refugia en una comunidad digital, el empresario que arma redes por fuera de las estructuras tradicionales, el que se identifica más con una cultura que con una ideología.
«Ndahaei ñanderehegua”. “¿Me pueden explicar?”. “Te dijimos que no es uno de los nuestros el candidato que mencionaste”.
mucha sociedad, poco palacio
El que dice «que se vayan todos», pero también el que cambia de voto constantemente porque su pertenencia ya no está fijada institucionalmente.
Todos ellos pueden ser muy diferentes entre sí.
Lo que comparten no es una doctrina, sino una distancia. ¿De qué o de quién? Del palacio, de esa estructura que sigue llena de política: ministros, legisladores, partidos, internas, bloques, cargos, aparatos.
Sin embargo, afuera hay otra densidad política, hay comunidades que no esperan una representación formal para existir.
Y por eso la política institucional contemporánea tiene una dificultad que no se resuelve simplemente cambiando dirigentes.
El problema podría ser más profundo.
Los viejos contenedores dejaron de coincidir con la forma en que la sociedad se organiza.
No significa que hayan desaparecido las clases, los territorios, los oficios o las identidades, sino que dejaron de funcionar como antes: ya no se superponen necesariamente.
Los viejos contenedores dejaron de coincidir con la forma en que la sociedad se organiza.
mucha sociedad, poco palacio
El territorio se cruza con el oficio, el oficio con el ingreso, el ingreso con la edad, la edad con el consumo cultural, el consumo cultural con las redes, las redes con un líder y éste con una circunstancia electoral.
Dicho en pocas palabras, la política se volvió una trama de pertenencias superpuestas.
Y las elecciones siguen pidiéndonos que la dibujemos con pocas líneas.
¿Nuevas partituras?
La gran pregunta es si esto constituye una nueva condición permanente o si simplemente estamos atravesando el intervalo entre dos sistemas de representación.
Quizás los partidos estén destinados a reconstruirse, con nuevos contenedores capaces de agregar aquello que hoy aparece disperso, es decir, formas de estabilizar las nuevas identidades.
Pero también es posible que la estabilidad anterior haya sido una excepción histórica.
Y que, durante mucho tiempo, hayamos vivido en sociedades donde los vínculos de clase, territorio, profesión, cultura y partido coincidían lo suficiente como para producir identidades políticas duraderas que, a esta altura, quedarán en el arcón de los recuerdos.
Si fuera así, el problema no sería encontrar al próximo gran partido, sino entender que la sociedad ya no necesita partidos para organizarse.
Desde ya, los requiere a la hora de votar pero, de ahí en más, no demanda más que instituciones para gobernar, pudiendo construir comunidad perfectamente por fuera de ellos.
La elección, entonces, funciona como un embudo: durante un día, toda esa diversidad debe entrar por unas pocas bocas electorales.
Después, cuando empieza a rodar la pelota, la heterogeneidad vuelve a expandirse.
Y las coaliciones comienzan a atomizarse.
Por eso quizás asistamos cada vez más a mayorías circunstanciales, bases de apoyo relativamente angostas y dificultades para convertir un triunfo electoral en una identidad política estable.
El problema de la reelección sería entonces apenas la consecuencia más visible.
Quizás asistamos cada vez más a mayorías circunstanciales, bases de apoyo relativamente angostas y dificultades para convertir un triunfo electoral en una identidad política estable.
mucha sociedad, poco palacio
Porque para reelegir no alcanza con haber ocupado el vacío.
Hay que construir un nosotros. Y construirlo requiere algo que el vacío, por definición, no tiene.
A modo de epílogo
Tal vez las viejas partituras no hayan dejado de sonar, sino que sea la sociedad la que ya está tocando otra música.
Ese personaje no es una anomalía: es una advertencia.
Nos dice que las categorías con las que intentamos ordenar la política pueden estar quedándose atrás respecto de las formas en que las personas ordenan sus propias vidas.
Quizás por eso haya tanta gente afuera del palacio.
¡Pero atenti! No porque haya dejado de hacer política, sino porque ésta se mudó a lugares donde el palacio todavía no sabe, no puede o ni quiere mirar.
(*) Publicado en El Economista el 28 de agosto de 2026.




