«Veremos si se puede hacer, una vez que pase el año electoral”. En esos términos, nuestro Papa Francisco se refería a mediados de 2023 a su posible visita a Argentina que nunca ocurriría. Más claro échale agua: el ex Arzobispo porteño sabía lo que representaba su presencia en medio de un proceso electoral, por el impacto de un mínimo gesto a favor de tal o cual bando político. De ahí para abajo, imaginemos y no finjamos demencia con el Golpe Supremo que dio la Corte sacando de la cancha a Cristina Kirchner: es imposible que no haya tenido una meticulosa evaluación política.
“No, pero las toneladas de pruebas en contra de la ex presidenta”. Semejante argumento habitual en los paneles televisivos, ya de por sí ridículo en una era digital dónde en todo caso corresponde hablar de “gigas de pruebas”, resulta naif cuando en la Corte, al igual que en cientos de juzgados de todo el país, duermen el sueño de los justos un montón de expedientes que seguramente también tienen, perdón por el estúpido latiguillo, “toneladas de pruebas” como para ser resueltos pero, sin embargo, siguen acumulando telarañas (¡digitales!) y Esperando a Godot, in memoriam Samuel Beckett.
Dejando al margen, por ahora, las teorías conspirativas como la esgrimida por el gobernador Axel Kicillof referida a la presión de la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Argentina, Amcham, hoy resulta imperioso valorar la consecuencia de semejante decisión, política antes que judicial, cuyo antecedente inmediato se remonta a 2022: la unción del entonces presidente de la Cámara de Diputados Sergio Massa como ministro de economía alteró el centro de gravitación del desgobierno de Alberto Fernández, tal como sucede hoy con la gestión Milei tras la actuación de la Corte.
¿En qué sentido? En que aparece un actor gubernamental ajeno al presidente marcando los tiempos y moldeando los términos del juego político. ¿Gobierno de la Corte? De ninguna manera. ¿Cogobierno? Cosi cosi. Y bien lo experimentó en carne propia el presidente Milei esta semana cuando recibió en su programa de LN+ al periodista Esteban Trebucq y vio como el “Gato” Sylvestre les hacía pelo y barba desde la señal Cristina 5 Néstor. Ni más ni menos lo que ocurrió durante días en el terreno de una conversación digital dónde los libertarios dejaron de jugar de local desde el blooper de Davos.
Enjaular al monstruo
En tal sentido, vale hacer hincapié sobre tal circunstancia: los libertarios vienen perdiendo la calle digital desde aquél evento que abrió una saga de traspiés que tuvo un pico con la cripto estafa Libra y ahora su clímax con el Golpe Supremo de la Corte de convertir en un santuario político a un departamento ubicado en San José 1111 del, hasta el presente, olvidado arrabal porteño de Constitución. Por cierto, una cápsula política que no sólo exacerba el intenso vínculo emotivo de la ex presidenta con sus seguidores, sino que le coloca una tobillera a quién amagaba con su destete político: Axel Kicillof.
«Sólo hay un medio para matar los monstruos: aceptarlos”. A esta altura está claro que el máximo tribunal nacional no actuó inspirado por ese adagio de Julio Cortázar, sino que avanzó con un incierto experimento político a tres bandas. En primer lugar, amplificando la impericia del gobierno respecto a una política judicial dónde no lograron, hace pocos meses, la aprobación de sus dos candidatos a integrar dicho órgano judicial: Ariel Lijo y Manuel García Mansilla. En segundo término, aislando a un polo político que, así como hoy no tiene proyección, también es previsible que intensifique su cohesión.
¿Peligro? Ninguno, en la medida que el gobierno consolide la calma chicha que le brinda este dólar que habilitó la invasión argentina en las canchas norteamericanas dónde se realiza el Mundial de Clubes de Fútbol y, a la par, los hinchas de Boca y River no dejan liquidación en pie en los malls de Miami. Y, por otra parte, también aparezca en el horizonte alguna evidencia de que el tercer gran objetivo del Golpe Supremo de la Corte surte efecto: la germinación de variantes opositoras descafeinadas, en comparación a aquella que hoy se mueve al compás de las apariciones de Cristina Kirchner en su balcón.
En tal sentido, el proceso electoral de medio término ya en marcha dejó una primera evidencia: la existencia de un gran segmento de potenciales electores que hoy se quedan en su casa y, a priori, podrían alimentar nuevas variantes políticas. ¿Evidencia al respecto? Ninguna, aunque en la actualidad proliferan amagues y nombres que incluyen desde gobernadores como Martín Llaryora, Maximiliano Pullaro, Rogelio Frigerio o Ignacio Torres, así como intendentes y outsiders que ensayan fotos y consignas picantes, pero aún sin mover la aguja a escala de los registros sísmicos de la política.
Daño colateral
El batacazo de Javier Milei en 2023 rompió el status quo que predominó por dos décadas alrededor de un tablero dividido entre el kirchnerismo y el macrismo pero, a la par, activó una alarma política que el proceso electoral de medio término no hizo más que intensificar. En particular, el colapso del arco partidario “republicano”, aclaración: todo aquello contenido dentro de Juntos por el Cambio, disparó el pánico en un sector del círculo rojo con vínculos aceitados con aquél sello partidario, desde el PRO hasta la Coalición Cívica, con escala en un radicalismo siempre en estado de crisis pero vivo aún.
En tal aspecto, resulta razonable la especulación con tufillo conspirativo del gobernador Kicillof acerca de la presión puntual sobre la Corte de un lobby sectorial pero, vale decir, el estado de conmoción de un sector del círculo rojo trasciende a tal o cual actor y es fruto de la foto de una segunda vuelta electoral, hoy ratificada por la elección local de la ciudad de Buenos Aires, dónde quedaron en pie dos fuerzas con métodos políticos en común. En lo sustancial, a la par que escandalizante para ese sector minoritario pero influyente en la política, hablamos de dos corrientes partidarias de corte populista.
En particular, todo aquello que aparece como divergente entre el libertarismo y el kirchnerismo en el plano económico, contrasta nítidamente con la similitud relativa a su praxis política. Sin perjuicio del catálogo de rótulos utilizados por cada uno, ¿qué duda cabe respecto a la visión compartida en cuánto al desprecio por ciertos mecanismos de intermediación formales e informales? En especial, la prensa y los grupos mediáticos. Para unos será “la corpo” que hace de fronting del “poder real”, mientras que para otros serán “los ensobrados” que “no odiamos lo suficiente” y que representan a “la casta”.
Sarasa al margen, está claro que la Corte dinamitó ese tablero político, adquiriendo una centralidad inédita para un actor de mayor opacidad imposible que, a su vez, actúa con cálculos desconocidos para la mayoría. A futuro, ello le plantea un enorme desafío a un sistema político que no logró siquiera conformarla, con el procedimiento requerido en cuánto a la intervención del Senado y que hoy se desayuna con este Golpe Supremo que atenúa más el presidencialismo que cualquiera de las bienintencionadas reformas auspiciadas por Raúl Alfonsín en la reforma constitucional de 1994.
Y, por cierto, con una movida que hoy colocó al presidente Milei en la zona de los dos presidentes que se enteraban de las grandes movidas por los medios. Por si queda alguna duda, estoy hablando de Fernando de la Rúa y Alberto Fernández, los presidentes que no fueron. A modo de conclusión, cabe preguntarse si la Corte logrará con este Golpe Supremo resetear el tablero político, en términos de impulsar a un nuevo grupo de líderes herbívoros que, sin ser aquellos, tampoco posean las ínfulas refundacionales y de eternidad que tuvieron los Kirchner y hoy parece emular Milei con sus arrebatos imperiales.
La Corte dinamitó ese tablero político, adquiriendo una centralidad inédita para un actor de mayor opacidad imposible que, a su vez, actúa con cálculos desconocidos para la mayoría.
GOLPE SUPREMO
El reloj del experimento de la Corte empezó a correr. Por un lado, para un gobierno cuyo gran desafío para la conservación del neo 1 a 1 no pasa por la confianza de los economistas kirchneristas, sino por los grandes inversores que siguen sin aparecer en el terreno físico y financiero. ¿Inversión extranjera directa? Te la debo pa’ la próxima. ¿Bonos y acciones de empresas argentinas en Wall Street? Cosi cosi. Por último, restan los brotes verdes políticos provenientes de la Región Centro o la Patagonia. Por ahora, nada. Pero la desregulación de Sturzenegger para importar fertilizantes quizás ayude. Quizás.
(*) Publicado en El Economista el 23 de junio de 2025.
