Humor, ¿el suero antiofídico?

Hay algo extraño en la manera en que hablamos hoy del odio político. De pronto aparece en escena como un invitado sorpresa.

“Oh, mirá quién vino, Pedro”, decía Juan Carlos Calabró en uno de aquellos sketches donde la gracia estaba precisamente en que el supuesto visitante inesperado era, en realidad, perfectamente previsible.

Con el odio hacemos algo parecido. Descubrimos que existe cuando ya está sentado a la mesa. Y, por supuesto, nosotros ahí haciéndonos los boludos, fingiendo demencia.

Pero, desde ya, el odio no aparece de la nada. Como en El huevo de la serpiente de Bergman o La Cinta Blanca de Haneke, hay que mirar dentro del huevo para encontrarlo antes de que la serpiente rompa el cascarón.

El Instituto de Bergman, donde se cronometra en secreto la humillación humana, y la casa pastoral de Haneke, donde el castigo silencioso educa el resentimiento, son ese huevo: el odio incubándose antes de tener nombre.

El odio no aparece de la nada.

humor, ¿el suero antiofídico?

Hay humillaciones, frustraciones, miedos, resentimientos, agravios, discursos que deshumanizan y, sobre todo, un ecosistema cultural que los procesa.

La pregunta, entonces, no es solamente quién produce el odio. También habría que preguntarse quién lo administra, quién lo convierte en espectáculo y quién nos ofrece algo para soportarlo.

La serpiente

La política necesita pasiones. La indignación puede ser incluso una fuerza saludable: señala una injusticia, denuncia un abuso, rompe la indiferencia.

Habría que preguntarse quién lo administra, quién lo convierte en espectáculo y quién nos ofrece algo para soportarlo.

Humor, ¿El suero antiofídico?

El problema comienza cuando la indignación deja de ser una reacción ante algo y se transforma en una identidad.

Ya no estoy enojado porque ocurrió algo. Estoy enojado porque necesito que exista algo contra lo cual estar enojado.

Entonces aparece el enemigo. Y con él, la simplificación: ellos y nosotros, los buenos y los malos, los traidores y los patriotas.

En Salò, Pasolini llevó hasta el extremo la intuición de que la violencia no necesita irrumpir desde afuera: puede convertirse en sistema, ritual, espectáculo.

En la escena final, los jerarcas se turnan los largavistas para observar el suplicio desde una ventana: mirar sin intervenir ya es una forma de participar.

Y quizá allí haya una advertencia para nuestra época: una sociedad no se vuelve cruel solamente cuando empieza a odiar, sino también cuando aprende a consumir su propia crueldad.

Industria de la Indignación

Aquí aparece una paradoja particularmente contemporánea.

Javier Milei habla a la mañana y, unas horas después, buena parte de la televisión ya tiene material para sus programas de la noche.

El político que los medios critican se convierte, gratuitamente, en su productor ejecutivo.

LA CINTA BLANCA, MICHAEL HANEKE

Milei produce declaraciones. Los medios producen indignación. La indignación vuelve a las redes. Las redes vuelven al político. El político responde. Y el circuito vuelve a empezar.

Quizás deberíamos dejar de hablar solamente de polarización y empezar a hablar de una economía circular de la indignación.

El enemigo también es contenido.

Y la industria de la indignación tiene una característica extraordinaria: no necesita resolver el conflicto que explota. Necesita que el conflicto continúe produciendo audiencia.

El político que los medios critican se convierte, gratuitamente, en su productor ejecutivo.

humor, ¿el suero antiofídico?

El viejo entretenimiento ofrecía una anestesia para la bronca. Hoy puede ocurrir algo más sofisticado: consumimos la propia bronca como entretenimiento.

El tuit que nos indigna, el periodista que odiamos, el político que no soportamos, el adversario al que necesitamos ridiculizar. Todo puede convertirse en una pequeña dosis cotidiana de excitación.

La serpiente ya no solamente muerde. También entretiene.

El suero

Por eso el humor importa, pero no cualquier humor.

Durante la última dictadura argentina existió un cine de comedia picaresca que encontró una extraordinaria circulación en medio de la censura.

La productora Aries, tal como recordaba Rodrigo Cañete hace unos días en su stream vía YouTube La Mala Educación, produjo buena parte de aquellas películas populares protagonizadas por Olmedo, Porcel, Moria Casán, Susana Giménez y otros grandes nombres de la época.

EL DEPORTE DE ÉPOCA

El humor podía funcionar allí como entretenimiento, descarga, sexualización y reproducción de determinados modelos sociales.

No todo humor libera.

También existe un humor que anestesia o, tampoco hay porqué exigirle demasiado, apenas entretiene y nos alivia en algunas ocasiones de la sobrecarga diaria.

El verdadero antídoto es otra cosa: la ironía que introduce distancia, la sátira que puede burlarse del poderoso, la risa que nos permite descubrir el absurdo de nuestras propias certezas.

Quizás deberíamos dejar de hablar solamente de polarización y empezar a hablar de una economía circular de la indignación.

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Nietzsche entendió algo de esto mucho antes de que existieran las redes sociales.

En La gaya ciencia defendió la posibilidad de pensar sin abandonar la alegría y llegó a escribir sobre la necesidad de aprender a reírse de uno mismo.

En Así habló Zaratustra hizo de la risa una forma de superación.

La jovialidad, en ese sentido, no es frivolidad. Es una forma de fuerza.

No significa decir “no pasa nada”.

Significa poder decir: esto es grave y, precisamente por eso, no voy a entregarle mi capacidad de pensar a la gravedad de mi enemigo.

HUMOR, ¿EL SUERO ANTIOFÍDICO?

En este terreno, el humor puede ser un dispositivo equivalente a uno del que siempre tuve noticias por mi infancia mediterránea: ser el suero antiofídico que devuelva proporción, que permita mirar al adversario sin convertirlo en monstruo y mirarnos a nosotros mismos sin convertirnos en héroes.

Cabe preguntarse si de este ecosistema no terminará emergiendo, tarde o temprano, un cómico devenido candidato.

¿La hora del humorista?

Afuera ya hay antecedentes de distinto alcance: Volodímir Zelenski llegó a la presidencia de Ucrania; Jimmy Morales, a la de Guatemala; Jón Gnarr fue alcalde de Reikiavik; Beppe Grillo fundó el Movimiento 5 Estrellas italiano.

En Argentina el terreno también está sembrado, empezando por la propia primera versión de Milei con sus, hoy ya sepia, sketches de destrucción de un Banco Central que hoy está más vivito y coleando que nunca garantizando el neo 1 a 1, Miami y Shein dame dos.

El verdadero antídoto es otra cosa: la ironía que introduce distancia, la sátira que puede burlarse del poderoso.

humor, ¿el suero antiofídico?

A Gebel se lo podría ubicar en ese territorio, aunque con un tono más religioso que cómico.

El caso más nítido es Tomás Rebord: humor, comentario político y cercanía generacional en un mismo personaje, mejor posicionado que cualquier otro para dar el salto.

Pedro Rosemblat completa el cuadro. No parece casualidad: cuando la política se vuelve espectáculo, el espectáculo aprende a hacer política.

El caso más nítido es Tomás Rebord: humor, comentario político y cercanía generacional en un mismo personaje

humor, ¿el suero antiofídico?

No obstante, aquí planteo una duda que vale para todos los mencionados, así como para otros referentes del gremio que omití mencionar: ¿lograrán canjear hits digitales o rating televisivo por votos físicos a la hora de los bifes?

A modo de epílogo

Una sociedad sin bronca sería probablemente una sociedad sin sensibilidad frente a los excesos, la desmesura y la injusticia.

El problema no es eliminar la indignación. Es impedir que se convierta en una droga política.

Quizás necesitemos distinguir entre la bronca que nos despierta y la bronca que nos mantiene dormidos; entre el humor que abre una grieta en el poder y el humor que simplemente nos permite soportarlo todo.

La serpiente existe. No sirve negarla.

Pero tampoco alcanza con señalarla cuando ya está fuera del huevo.

Tal vez una cultura democrática necesite algo parecido a una inmunidad: conservar la capacidad de indignarse sin enamorarse de la indignación; combatir sin deshumanizar; y, sobre todo, conservar una pequeña reserva de jovialidad.

Porque quizá el verdadero poder del humor no consista en hacernos olvidar el veneno.

Consiste en impedir que el veneno de esas serpientes, que se ven majestuosas y mejor tenerlas bien lejos, termine pensando por nosotros.

(*) Publicado en El Economista el 7 de septiembre de 2026.

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