IA ojalá, carne jamás

Hay una escena en la primera temporada de Yellowstone que parece un manifiesto encubierto. Beth Dutton, whisky en mano, se apoya en la barra del club de ganaderos y le dice a su interlocutor: “mirá dónde estás, en la meca del dinero tonto. Esta es la mayor concentración de riqueza de Estados Unidos. No está en Nueva York ni en Los Ángeles, está aquí. Podrías lanzar un bumerán y golpear a cinco millonarios antes de que toque el suelo.”

La frase tiene perfume de desprecio, pero también una lucidez brutal: el verdadero poder norteamericano no está en los pisos 80 de Manhattan ni en las startups del Silicon Valley, sino en los prados donde el capital se volvió paisaje. Yellowstone no es una serie sobre vaqueros: es una elegía por el poder del suelo, ese que sigue decidiendo incluso cuando el mundo parece o finge haberlo superado.

En Estados Unidos, ese poder tiene siglas y lobbies: la National Cattlemen’s Beef Association, los ranchos centenarios, los comités estatales. En la Argentina, su espejo se llama Sociedad Rural. Ambas funcionan como templos del mismo credo: el de la propiedad de la tierra como mandato divino.

El verdadero poder norteamericano no está en los pisos 80 de Manhattan ni en las startups del Silicon Valley, sino en los prados donde el capital se volvió paisaje.

Cada presidente argentino que atraviesa la Avenida del Libertador para explicar su política agropecuaria repite, sin saberlo, el gesto de los políticos de Montana cuando visitan el rancho Dutton. En ambos rituales se actualiza la misma reverencia: reconocer que el poder último pertenece a quien posee la tierra.

Y, vale aclarar, no consentirlo al estilo de Cristina y, en menor medida de Néstor Kirchner, es una forma de no matar al monstruo sino, en clave cortazariana, hasta de fortalecerlo. Para muestra de ello, bien sobra el ejemplo de la Resolución 125 que activó en 2008 el mal llamado conflicto del campo que, más que una batalla puntual, fue una profunda revuelta federal.

Venta imposible

Es decir, “el campo” opera como un Vaticano secular, una institución sin ejército pero con dogma. No gobierna, pero absuelve o condena. Ese mito es irrompible porque no es solo económico: es teológico. El suelo no se discute; se hereda, se defiende, se adora. Por eso todo intento de alterar su jerarquía se lee como profanación.

En tal sentido, la disparatada idea de que Argentina pueda “vender carne a Estados Unidos”, agitada con picardía por Trump con el fin de apretar al poderoso lobby ganadero local inescindible de su base electoral; no suena con alta carga de humo sólo por razones comerciales, sino porque desafía una frontera invisible.

El rancho norteamericano no es un competidor: es un altar. Y los altares no se abren más que a la actual franja marginal -¡y de baja calidad eh!- de proveedores externos como Canadá y México. Los westerns clásicos ya lo sabían. En The Searchers (John Ford, 1956), Ethan Edwards regresa de la guerra incapaz de habitar la paz. El rancho es su patria, la llanura su única moral.

Yellowstone retoma ese gesto y lo lleva al siglo XXI: los Dutton son herederos de Ethan, pero su guerra es contra los bancos, los políticos y las tribus que reclaman soberanía ancestral. Es el mismo duelo eterno: quién puede decir “esta tierra es mía”. Cada bala que se dispara en la serie es un eco de esa pregunta.

Algoritmos versus cowboys

La modernidad quiso reemplazar ese mito con el brillo de los algoritmos, pero cuando el progreso tambalea, el cowboy se vuelve contemporáneo. En medio de la volatilidad digital, el cuero, el polvo y el alambre de púas recuperan su autoridad simbólica. Los datos fluctúan; la tierra permanece.

Por eso las élites agrarias resisten: porque encarnan una fe en lo tangible que ni Wall Street ni Silicon Valley pueden ofrecer. El cowboy ‐como el estanciero argentino- es la prueba viviente de que todavía existe algo que no se puede descargar ni especular: una hectárea, un rodeo, una cerca. Pero esa solidez tiene un costo.

Cada vez que una nación reafirma su fe en el suelo, arriesga, a veces hasta sacrifica, una porción de futuro. El mito del campo muchas veces protege, pero también inmoviliza. Para muestra de ello, basta conocer las múltiples historias de compañías de tecnología agropecuaria que, curiosamente, encuentran duras resistencias dentro del mismo ambiente de los productores agropecuarios más que en el de las instituciones gubernamentales.

Por eso las élites agrarias resisten: porque encarnan una fe en lo tangible que ni Wall Street ni Silicon Valley pueden ofrecer.

En ese aspecto, el cowboy que no quiere vender su rancho y el presidente que busca la bendición de la Rural son dos expresiones del mismo temor: perder el origen, disolverse en el vértigo del presente. En esa defensa desesperada del pasado hay belleza, pero también melancolía: el horizonte ya no se ensancha, se cierra.

La hermosa y despiadada Beth Dutton, entre trago y trago, lo entiende mejor que nadie. En la meca del dinero tonto, todos son millonarios, pero nadie es libre. Y esa es, tal vez, la definición más precisa del poder moderno: un feudo que sigue de pie, incluso cuando el resto del mundo ya se volvió polvo o, peor aún, desapareció a instancias de los algoritmos.

In memoriam John “Ethan” Wayne.

(*) Publicado en El Economista el 22 de octubre de 2025.

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