Hay visitas que son viajes. Y hay otras que, antes incluso de producirse, ya contienen una pregunta sobre la época.
El próximo desembarco de León XIV en Argentina pertenece a esta última categoría.
El Papa llegará al país el 8 de noviembre de 2026, apenas cinco días después de las elecciones de medio término de Estados Unidos.
El calendario, por sí solo, parece escrito por un guionista de ficción: el Papa norteamericano que mantiene una relación tensa con Donald Trump llegará a la Argentina de Javier Milei inmediatamente después de una elección que, con total certeza, alterará la relación de fuerzas alrededor del presidente estadounidense.
Todavía no sabemos qué dirán las urnas norteamericanas, ni si el previsible revés trumpista en la Cámara se extenderá al Senado. Pero ya podemos decir que casi nada será como era. Ni la casa, ni la calle, ni el río.
También que León XIV llegará a la Argentina en un momento en que el mundo político que llevó a Milei al poder estará entrando en una zona diferente de su ciclo.
Y entonces aparece la pregunta: ¿pondrá León XIV la última tachuela en el ataúd de MAGA?
León XIV llegará a la Argentina en un momento en que el mundo político que llevó a Milei al poder estará entrando en una zona diferente de su ciclo.
la última tachuela
No se trata, por supuesto, de imaginar al Papa descendiendo del avión con una caja de herramientas bajo el brazo. Tampoco de atribuirle una misión política que probablemente no tenga. Bien lo dice el Evangelio en Juan 18:36: “mi reino no es de este mundo”.
En todo caso, la pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando un Papa llega a un país en el preciso instante en que comienza a modificarse el sistema de fuerzas que sostiene a su gobierno?
Olor a Nuevo Tiempo
Los viajes papales tienen una larga historia política. No yendo tan lejos en el tiempo, Juan Pablo II entendió como pocos el poder de una visita.
¿Pondrá León XIV la última tachuela en el ataúd de MAGA?
la última tachuela
Cuando llegó a Polonia en 1979, el comunismo todavía no había caído. El régimen parecía sólido, el Estado conservaba todos sus instrumentos de control y Moscú continuaba siendo la potencia dominante de Europa del Este.
Sin embargo, algo sucedió en aquellas jornadas.
Millones de personas salieron a las calles. Una sociedad que parecía dispersa descubrió su propia dimensión colectiva.
Vale aclarar: el Papa no derribó al comunismo. Pero hizo visible algo que el sistema necesitaba mantener invisible: que debajo de la estructura del Estado existía otra comunidad, otra identidad, otra idea de pertenencia. En definitiva, una sociedad civil.
La visita de Wojtyła no fue la causa mecánica del derrumbe posterior del comunismo. Pero fue uno de esos acontecimientos que modifican el campo de lo posible, que cambian el clima.
Una multitud descubriéndose multitud puede ser, en determinadas circunstancias, un acontecimiento revolucionario.
Ya más cerca en el calendario, nuestro Jorge Bergoglio, ya ungido como Francisco, jugó otro partido.
Llegó a una Iglesia que había perdido parte de su territorio social y cultural, que había dejado de oler a oveja y mucho a lujo y oro.
En América Latina, durante décadas, el catolicismo había dejado de ser la única gran estructura de pertenencia religiosa.
Una multitud descubriéndose multitud puede ser, en determinadas circunstancias, un acontecimiento revolucionario.
la última tachuela
Las iglesias evangélicas y pentecostales habían ocupado espacios que la Iglesia Católica había abandonado: el barrio, la comunidad, la ayuda concreta, la conversación cotidiana, la proximidad con los sectores populares.
En ese terreno, Francisco entendió que recuperar ese territorio no consistía simplemente en defender una doctrina.
Había que volver a estar allí, con los pies en el barro. ¿Qué mensaje más contundente que arrancar su papado con una visita iniciática a la Isla de Lampedusa?
En Evangelii Gaudium apareció con claridad esa voluntad de una Iglesia que sale de sí misma.
Una Iglesia menos preocupada por custodiar edificios y sus inversiones inmobiliarias que por recuperar calles. Menos inclinada a esperar que la sociedad vaya hacia ella que dispuesta a ir hacia la sociedad.
Juan Pablo II había encontrado una sociedad encerrada detrás de una frontera ideológica.
Francisco encontró una sociedad que se alejaba lentamente de la Iglesia. Algo de Nuevo Tiempo ya estaba ahí, sin nombre todavía.
Ya situados en el presente, León XIV parece encontrarse con algo diferente: una humanidad que comienza a preguntarse qué queda del hombre cuando la tecnología, el mercado y la política empiezan a disputarse su lugar.
Por ello, no es casual que Robert Prevost haya elegido el nombre León.
León XIII escribió Rerum Novarum en 1891, cuando la primera revolución industrial había producido una transformación radical del trabajo, de las ciudades, de las clases sociales y de las relaciones entre capital y trabajo.
León XIV parece encontrarse con algo diferente: una humanidad que comienza a preguntarse qué queda del hombre cuando la tecnología, el mercado y la política empiezan a disputarse su lugar.
la última tachuela
León XIV vuelve deliberadamente sobre aquella tradición.
La primera revolución industrial había puesto en cuestión al trabajador.
La revolución tecnológica contemporánea puede poner en cuestión al trabajador de una manera todavía más profunda.
Y allí aparece la inteligencia artificial, pero también la concentración de poder, la precarización, la pérdida de comunidad y la pregunta por aquello que todavía puede llamarse humano.
El nombre León no parece entonces una decoración histórica, sino un programa.
Trump, Milei y la geopolítica de una época que termina
Aquí comienza la parte incómoda. Milei no es Trump. Como Argentina no es Estados Unidos.
La Libertad Avanza no es el Partido Republicano. Pero hay una familia política que los conecta.
MAGA convirtió en programa político una serie de ideas que atravesaron buena parte del mundo occidental: la recuperación de la soberanía nacional, la rebelión contra las elites globalizadas, el rechazo a ciertas formas del cosmopolitismo liberal, la defensa de las fronteras, la reivindicación de una identidad nacional amenazada y la promesa de recuperar una grandeza perdida.
Milei construyó su propio experimento sobre bases diferentes, pero encontró en Trump un aliado político y, sobre todo, un ancla geopolítica.
En ese plano, Washington dejó de ser solamente una referencia internacional y pasó a formar parte del relato interno del proyecto.
Por eso, una eventual derrota republicana en las elecciones de medio término no sería necesariamente una derrota de Milei, pero sí modificará el paisaje en el que su proyecto se mueve.
Y cinco días después llegaría León XIV. Un Papa estadounidense, pero imposible de asociar, ni remotamente, a MAGA.
Un Papa que conoce desde dentro a Estados Unidos, pero que también conoce desde dentro a América Latina.
Un Papa nacido en Chicago y formado durante décadas en Perú. Un Papa cuya condición estadounidense hace inevitable la comparación con Trump y cuya condición universal hace imposible reducirlo a ella. Tal paradoja es extraordinaria.
Mientras Milei mira hacia Washington para encontrar un ancla, León XIV viene desde Washington para recordar que la Iglesia no tiene a Washington como centro.
Y quizás allí se encuentre el verdadero voltaje político de la visita.
No porque León venga a combatir a Milei, sino porque representa otra concepción del mundo.
Trump dice: America First. A la par, León XIV dice: la Iglesia es universal.
Mientras Milei mira hacia Washington para encontrar un ancla, León XIV viene desde Washington para recordar que la Iglesia no tiene a Washington como centro.
la última tachuela
Trump construye una política alrededor de la frontera. En simultáneo, el Papa habla de migrantes.
Trump piensa la grandeza nacional en términos de poder, mientras que el Papa habla de dignidad humana.
Trump convirtió la confrontación cultural en una herramienta central de movilización. Al mismo tiempo, León XIV insiste una y otra vez en la unidad, la paz, la dignidad de los pobres y la necesidad de reconstruir vínculos.
No son exactamente programas políticos enfrentados, sino dos gramáticas diferentes para interpretar el mismo mundo en crisis.
Y la Argentina puede convertirse en el lugar donde esas dos gramáticas se encuentren.
No en un debate, ni en una disputa televisiva, sino apenas en una escena, en una foto, en un reel de TikTok.
La contrafoto
Milei recibirá a León XIV como presidente argentino, pero alrededor de ese encuentro estará todo lo que el Papa representa. Y todo lo que Milei simboliza.
El mercado y la comunidad. La soberanía y la universalidad. La revolución tecnológica y la doctrina social. El individuo y el prójimo.
Washington y Roma. Trump y León. Milei y el Papa.
Quizás la fotografía más interesante no sea aquella en la que ambos sonrían.
Será aquella en la que podamos preguntarnos qué representa cada uno de ellos cuando la fotografía termine.
Porque las imágenes duran un instante, pero las épocas duran un poco más.Y algunas visitas papales tienen la capacidad extraordinaria de anunciar que una época está terminando, antes de que nadie haya encontrado todavía la palabra adecuada para decirlo.
A modo de epílogo
Hay una vieja tentación de la política contemporánea: creer que los acontecimientos históricos tienen protagonistas individuales.
Algunas visitas papales tienen la capacidad extraordinaria de anunciar que una época está terminando
la última tachuela
Trump derriba un orden. Milei inaugura una época. Francisco transforma la Iglesia. Juan Pablo II derrota al comunismo.
Sin embargo, la historia suele ser bastante menos obediente.
Los hombres aparecen en escena cuando las estructuras ya comenzaron a moverse. Quizás eso sea lo verdaderamente interesante de León XIV.
No saber si viene a terminar con MAGA. No saber si quiere hacerlo. Ni siquiera saber si puede hacerlo.
La pregunta es si llegará a Buenos Aires cuando MAGA todavía sea el nombre de una época o cuando ya empiece a ser el nombre de una época pasada.
Si llega después de una derrota de Trump, la escena tendrá un significado. Si Trump resiste, aunque sea a duras penas y con la cantada transgresión de límites legales, tendrá otro.
Pero en ambos casos habrá algo difícil de evitar: un Papa norteamericano llegará a la Argentina de Milei para hablar desde un lugar que no es el de Estados Unidos, aunque haya nacido allí.
Y quizás allí esté la última tachuela. Ni siquiera clavada por León XIV, sino clavada por el Nuevo Tiempo.
Porque los ataúdes políticos no se cierran cuando alguien decide cerrarlos: se cierran cuando las ideas que los llenaron dejan de explicar el mundo.
La pregunta, entonces, no es si León XIV pondrá la última tachuela.
La pregunta es otra: ¿llegará León a la Argentina cuando, en algún rincón del medio oeste norteamericano, alguien ya haya empezado a construir el ataúd?
Posdata
La convertibilidad no hubiera caído a fines de la década del 90 si la pujante ola de globalización iniciada tras la caída del Muro de Berlín no se hubiera debilitado en su epicentro norteamericano.
Hablando de tachuela, el atentado a las torres gemelas de setiembre de 2001 no fue más que el último clavo al ataúd de los locos años 90.
(*) Publicado en El Economista el 21 de agosto de 2026.





