Ni recordar ni repetir, sino actuar

Borges eligió para Monk Eastman un título que ya es una condena: proveedor de iniquidades. No lo llamó gangster, ni criminal, ni leyenda. Lo llamó proveedor. Como si la violencia fuera un servicio. Como si el mal tuviera logística.

El cuento es breve, casi una crónica. Pero debajo late una pregunta que Borges nunca formula directamente, porque las preguntas directas no son su estilo: ¿qué diferencia hay entre el malevo del arrabal porteño y el gángster de Nueva York? ¿Son el mismo hombre en dos escenarios distintos, o son dos filosofías de vida que se parecen pero no se tocan?

La respuesta está en los nombres.

La primera diferencia: el nombre

Monk Eastman se llamaba Edward Ostermann. Cambió su nombre antes de hacer nada. Ese gesto, aparentemente menor, lo separa para siempre del compadrito porteño.

El malevo no se ficciona. No construye una identidad previa al acto. Va al frente con lo que tiene, que es todo lo que es. El facón sale sin prólogo. No hay backstory, no hay personaje que gestionar. Hay presencia pura y resolución inmediata.

Eastman, en cambio, nació en la ficción. Ostermann deviene Eastman como acto literario antes que como acto de coraje. Y quien empieza cambiando su nombre puede cambiar después su historia, su lealtad, su bando. Tiene pasado que reescribir y futuro que calcular. Esas dos cosas, el pasado y el futuro, son las que te pierden.

«El malevo repite porque no recuerda. El gángster se pierde porque recuerda demasiado lo que quiere ser».

el proveedor de iniquidades Monk Eastman

Borges los pone en el mismo párrafo con los cuchilleros del arrabal no para equipararlos, sino para tensar la diferencia. Las dos Américas se miran en el espejo y no se reconocen.

Noodles y la línea de largada

Leone entendió esto sin haber escrito un ensayo. En Érase una vez en América, Noodles habla de la línea de largada. Dice que los ganadores se conocen ahí, antes de que empiece la carrera.

NOODLES, ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA

Esa frase es impensable en boca de un malevo. El malevo no piensa en la línea de largada porque ya está corriendo. Pensar en el punto de partida implica un sujeto que se observa a sí mismo, que diseña su trayectoria, que puede perderse en el laberinto de su propia estrategia.

El malevo no piensa en la línea de largada porque ya está corriendo.

NI RECORDAR NI REPETIR, SINO ACTUAR

El malevo de la pulpería no tiene laberinto. Tiene un callejón y lo recorre. Esa limitación es también su libertad.

Hopper y Della Valle: las dos imágenes

Hay dos pinturas que funcionan como documentos de este contraste.

Ángel Della Valle pintó La vuelta del malón en 1892. La violencia como épica colectiva, los cuerpos en movimiento, la luz brutal sobre la pampa. No hay introspección. Hay acto.

LA VUELTA DEL MALÓN, ÁNGEL DELLA VALLE

Edward Hopper pintó Nighthawks en 1942. Tres personas en un bar de madrugada, la ciudad vacía afuera, la luz artificial como jaula invisible. Nadie se mira. Nadie habla. La soledad urbana no grita: se asienta, se vuelve costumbre, se vuelve identidad.

NIGHTHAWKS, EDWARD HOPPER

Entre esas dos imágenes caben las dos Américas de Borges. La que actúa y olvida. La que recuerda y se paraliza.

Funes: el límite del otro extremo

Borges sabía que el problema no era solo olvidar. Funes el memorioso es la pesadilla del extremo contrario.

Ireneo Funes recuerda todo. Cada hoja de cada árbol que vio alguna vez. Cada nube. Cada momento. Y esa perfección de la memoria lo condena a la inmovilidad. No puede abstraer porque abstraer es olvidar los detalles. No puede actuar porque actuar requiere elegir, y elegir requiere descartar.

NI RECORDAR NI REPETIR, SINO ACTUAR

Funes es el gángster llevado al límite. El hombre que se narra tanto a sí mismo que ya no puede moverse.

«Su memoria era como un muladar de basuras. Yo sospechaba que no era muy capaz de pensar, porque pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer».

funes el memorioso

Borges no escribe sobre la violencia. Borges escribe sobre la memoria. La violencia es el escenario. La memoria es el tema.

El ojo que lo ve todo

Jan van Eyck pintó en 1434 un espejo convexo al fondo de El matrimonio Arnolfini. En ese círculo de diez centímetros metió una habitación entera. Con una precisión que no debería ser posible para su época.

JAN VAN EYCK, RETRATO DEL MATRIMONIO ARNOLFINI

Es la imagen perfecta de Funes: ver todo, reflejar todo, distorsionarlo todo al mismo tiempo. La precisión extrema como forma de deformación. El detalle que destruye la figura.

Borges no escribe sobre la violencia. Borges escribe sobre la memoria. La violencia es el escenario. La memoria es el tema.

Ni recordar ni repetir, sino actuar

Entre el malevo que no recuerda nada y Funes que no puede olvidar nada, Eastman habita el territorio más humano y más peligroso: recuerda suficiente para perderse, pero no tanto como para detenerse del todo.

El caminante

Caspar David Friedrich pintó en 1818 a un hombre de espaldas, solo, enfrentando un mar de niebla desde lo alto de una roca. No sabemos quién es. No importa quién es.

CASPAR FRIEDRICH, CAMINANTE SOBRE EL MAR DE NUBES

No huye. No llega. Camina.

Bergman cerró El séptimo sello con siluetas bailando hacia la oscuridad en fila, recortadas contra el cielo. La muerte como procesión. No hay terror. Hay aceptación del movimiento.

EL SÉPTIMO SELLO, DANZA DE LA MUERTE

Y Leone lo hizo en Érase una vez en América con Noodles saliendo por una puerta trasera. No sabemos adónde va. Él tampoco.

ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA, ESCENA FINAL

La oscuridad como único lugar libre. El movimiento sin destino como única respuesta posible.

A modo de epílogo

Nos dijeron que el problema era olvidar, pero olvidar del todo es repetir. Y recordar todo es quedar inmóvil.

Entre esos dos extremos se juega algo más difícil: no el pasado, no el presente, sino la capacidad de moverse en el tiempo.

Porque el que no recuerda, repite. Y el que recuerda demasiado no puede ni dar el primer paso.

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