“Me importa un rábano de dónde saquen los dólares. Algunas cosas que los políticos definen como delito para mí no son delito”. En esos términos, el presidente Milei definía en el marco de una entrevista con el sinuoso Alejandro Fantino, uno de los pilares básicos de la arquitectura económica libertaria. Si a ello le agregamos otras perlitas de su frondoso archivo, ¿qué reproche le puede caber a José Luis Espert por su caluroso agradecimiento al empresario Fred Machado, hoy acorralado por la justicia norteamericana?
“Qui potest plus, potest minus”. Quién puede lo más, puede lo menos. Derecho romano básico. Fin. En realidad, todo el escándalo actual alrededor del financiamiento de campaña del candidato creador de slogans altisonantes como “cárcel o bala”, no hace más que desnudar una de las grandes fallas de origen de La Libertad Avanza: en el anarcocapitalismo puro, un Fred Machado o un personaje de ficción como Jonah Byrde de Ozark, pueden ser tan héroes como cualquier emprendedor. La pregunta que lo ordena todo es brutal en su simpleza: ¿estimulan los negocios y la competencia económica?
Pequeño J rebelde de Atlas
En ese punto entra en escena Pequeño J, figura emblemática de un crimen que ya no se limita a pistolas y fajos de billetes, sino que opera en el universo digital de las criptomonedas. Su nombre aparece ligado a testimonios que lo muestran como un “financista de la dark web”, alguien capaz de transformar flujos de dinero sucio en activos digitales. Y allí radica la potencia simbólica: ese mismo universo es el que fascina a Milei desde que difundió ¡pero no promocionó! a $Libra, un cripto activo creado en el marco de un delirante proyecto denominado “Viva la Libertad” que involucró al singapurense Julian Peh, al estadounidense Hayden Mark Davis y al argentino Mauricio Novelli.
En el anarcocapitalismo puro, un Fred Machado o un personaje de ficción como Jonah Byrde de Ozark, pueden ser tan héroes como cualquier emprendedor.
pequeño j encarna la falla libertaria
Por cierto, una criptomoneda que, sin perjuicio de su flojera de papeles, compartía con otras sí reconocidas como Bitcoin o Ethereum una funcionalidad en común: ser una herramienta orientada a quebrar el monopolio regulatorio del Banco Central y de otras instituciones estatales en todo aquello relativo a la creación y control de instrumentos financieros.
Ello no tiene que ver solamente con un capricho de la institución que pretendía quemar Javier Milei en tiempos de la campaña electoral: la Reserva Federal de Estados Unidos observa a las criptomonedas con recelo porque socavan sanciones y controles; China impulsa su propio yuan digital mientras reprime con dureza al Bitcoin para preservar su monopolio monetario; el Fondo Monetario Internacional advierte que una adopción masiva puede desestabilizar las cuentas externas; y el experimento de Bukele con Bitcoin en El Salvador generó alarma en Washington, que lo vio como un desafío geopolítico antes que como innovación.
Pequeño J, entonces, condensa una paradoja inquietante: el criminal que se vuelve fintech, el ilegal que habla el mismo lenguaje de los libertarios radicales. Allí, la frontera entre héroe emprendedor y delincuente digital se vuelve difusa, y la falla de origen del anarcocapitalismo queda expuesta en toda su crudeza.
Ozark y Rand: el mercado como único juez
Ozark mostró como ninguna otra serie la banalidad del crimen convertido en negocio. Jonah Byrde no es sólo un adolescente atrapado en la violencia de un cartel: se convierte en un operador económico que usa la plata de la droga como motor de reactivación local. Tarifas, alianzas, fusiones, inversiones “legítimas”. El crimen funciona con lógica de Pyme y de multinacional.
Pequeño J, entonces, condensa una paradoja inquietante: el criminal que se vuelve fintech, el ilegal que habla el mismo lenguaje de los libertarios radicales.
pequeño j encarna la falla libertaria
La fascinación anarcocapitalista con esa trama no es casual. Si el mercado es el único juez, si el origen de los dólares no importa, el crimen puede ser tan legítimo como cualquier empresa. La frontera entre lo lícito y lo ilícito se evapora bajo el calor de la competencia. Ayn Rand había imaginado figuras parecidas, pero bajo un marco moral muy preciso: Francisco d’Anconia dinamita sus minas para frustrar a un Estado parasitario; Ragnar Danneskjold ejerce la piratería como forma de justicia contra la confiscación. ¿Sus héroes eran ilegales? Sí, pero con la virtud de los creadores frente al parasitismo estatal.
El problema es que, en la Argentina real, ¿quién ocuparía ese lugar? ¿Un narco que lava en criptos? ¿Un empresario que oculta capitales en paraísos fiscales? ¿Un político que evita controles cambiarios? Sin un código moral inequívoco, la épica randiana se derrumba: lo que en la ficción era heroicidad, en la práctica es delincuencia normalizada.
El oxímoron político: Milei y Bullrich
Ahí aparece la grieta insalvable de Milei. Porque mientras el presidente coquetea con un anarcocapitalismo que legitima incluso capitales de origen criminal, su principal aliada en seguridad, Patricia Bullrich, encarna la tradición punitiva del “orden y castigo”. Ella necesita demonizar al narcotráfico y gritar a los cuatro vientos “el que las hace, las paga”, mientras que él precisa dolarizar con blanqueos que aceptan “activos de cualquier origen”, en especial de aquellos héroes que, como Atlas, sostienen sobre sus hombros la responsabilidad de sus actos y eventuales transgresiones. En palabras de Bob Dylan, para vivir afuera de la ley, hay que ser muy honesto.
La contradicción se vuelve aún más evidente con los discursos internacionales: Washington hace de la lucha contra el fentanilo un eje de política exterior, pero Milei se permite relativizar el origen del dinero que circula. Esa tensión no es sostenible: si el crimen se convierte en combustible económico, ¿qué sentido tiene sostener un discurso de guerra contra él?
Dentro de ese esquema, el criminal fintech Pequeño J encarna la falla de origen libertaria: un héroe improbable para la narrativa anarcocapitalista, pero un espejo inevitable para Milei que contrasta y choca de frente con el punitivismo gorilón de una ministra Bullrich que no deja de resaltar el orden, el control de la calle y la reducción de la criminalidad. Más aún, haciéndola estos logros acreedora a la mejor imagen del gobierno según la última encuesta de la Universidad de San Andrés.
En tal sentido, el escándalo alrededor del ¿todavía? candidato a diputado Espert sigue latiendo como un eco incómodo. El desenlace, sea cual sea, amenaza con dinamitar no solo la coherencia ideológica del anarcocapitalismo criollo, sino también la frágil alianza política que lo sostiene. En definitiva, La Libertad Avanza antes que el partido del orden que encarna cualquier derecha clásica, se suponía que era el partido de los negocios, del despegue económico y del bullmarket nacional. Del orden, que es el negocio de Bullrich, parece que es; de los negocios, salvo los de Karina, nos lo deben pa’ la próxima.
(*) Publicado en El Economista el 2 de octubre de 2025.
