«El viejo truco de andar por la sombra» cantaba Charly García. Una frase menor, casi lanzada al pasar, pero que funciona como radiografía involuntaria del tiempo político argentino. Porque si hay una fuerza que maneja con oficio ese arte de escabullirse entre sombras, reaparecer en los recodos y sobrevivir a cada crepúsculo, es el peronismo.
Y lo que vuelve interesante este momento no es la evidencia de su crisis que, ¿cuánto más profunda puede ser que aquella que vivió tras la muerte de su fundador, la bochornosa presidencia de su esposa Isabel Perón, la triple A, López Rega y, de bonus, la posterior paliza que le diera Raúl Alfonsín en 1983? Eso sería demasiado obvio y, de acuerdo a una expresión tan antigua como el mundo, ¡chocolate por la noticia!
Más bien, lo que resulta hasta intuitivo, casi sin la necesidad de mirar portales políticos, es la evidencia de que el peronismo entró en ese modo alterado de la historia en el que dejó de pensarse a sí mismo y espera, una vez más, la milagrosa alineación de ciertos planetas que, de ser Milei exitoso, no ocurrirá por varios años.
¿Qué mayor evidencia de ello que el reciente proceso electoral dónde, sin mirar al siempre endogámico e impermeable kirchnerismo; la cepa alternativa de supuesto mayor potencial, la mediterránea, concurrió a la arena electoral con los apellidos Schiaretti y De la Sota? Por si no te queda claro el mensaje: la renovación te la debo pa’ la próxima.
Ello dejó, también de nuevo, una cruda evidencia en pie: el peronismo no renace por introspección, sino por gravedad. Y cuando reaparece, lo hace siempre por la misma vía: sin pedir permiso y sin que nadie lo esté esperando.
Así fue a lo largo de su trayectoria, dependiendo ese retorno menos de su capacidad de reformulación doctrinaria, que de un patrón repetido, casi del orden astronómico: la sincronía de tres planetas que, cuando se alinean, vuelven competitivo al movimiento político más persistente, ¡aunque no invencible!, del país.
El peronismo no renace por introspección, sino por gravedad.
peronismo en trance
Disclaimer 1: ello no quita que, en el pasado, el peronismo no haya impulsado dos movimientos renovadores con epicentro en la provincia de Buenos Aires, como el liderado por Antonio Cafiero en la década del 80 y, más cerca de esta fecha, por Sergio Massa. No obstante, vale decir que, a su turno, ambos perdieron la batalla interna a manos de quienes obtuvieron el bastón de mariscal oportunamente.
En tal sentido, aquí cabe preguntarse si lo que manda no es aquél viejo adagio que indica que entre la copia y el original, el elector se termina inclinando por quien representa con mayor nitidez las opciones relevantes. Si de los 80 se trata, el casillero del cambio lo representaba Alfonsín, apareciendo Cafiero como una marca B del líder radical. En términos de marcas de gaseosas, Coca Cola mata a Manaos.

Asimismo, la cucarda del cambio en tiempos de Massa estaba en cabeza de un Macri que aparecía como lo novedoso, versus un kirchnerismo que ya sentía la década de fatiga arriba del lomo. Una vez más, entre el original y la copia, la marca A mató a la B. De más está decir que hoy el cambio se llama Javier Milei. Es decir, quien pretenda encarnar un peronismo libertario, que sepa que debe inmolarse, quizás con el consuelo de hacerlo en función de un bien superior. No lo sé.
Disclaimer 2: esta reflexión no debería desalentar a las múltiples usinas ideológicas que, como el peronismo streamer entre otras, realizan a diario sesudos ejercicios de reformulación del peronismo que, llegado el momento, podrían alimentar una eventual plataforma de gobierno e, inclusive, aportar cuadros políticos con un envidiable rodaje comunicacional.
De más está decir que hoy el cambio se llama Javier Milei.
peronismo en trance
Para no dejarlo en el aire: tal como ocurrió con la primera renovación peronista que aportó diversos cuadros políticos a los gobiernos de Carlos Menem. Entre otros, al hoy empresario energético, minero, mediático, gastronómico y seguramente algún rubro más José Luis Manzano que, como el sol, siempre está dónde se cocinan los negocios y hasta los asados en la gran parrilla porteña Roldán.
Planeta 1: el olor a sangre de la crisis
El peronismo no irrumpe en momentos de orden, sino en estados de excepción. Así fue en los dos grandes ciclos hegemónicos peronistas de la democracia recuperada que se abrieron más que por la depuración programática interna, por el olor a sangre emanado por profundas crisis sociales, económicas y políticas.
Por si a alguno no le queda claro: el peronismo sin crisis se convierte en una opción sin anclaje sólido en su tradicional gran motor político: el mundo del trabajo. Así lo definió su fundador: para el peronismo hay un sólo hombre, el que trabaja y, lo más importante, obteniendo un buen rédito a cambio. “Fifty fifty” en propias palabras del General. Por si alguien necesita mayor aclaración: el peronismo es capitalista según aquél anglicismo de Perón utilizado en un acto de la CGT.
El peronismo no irrumpe en momentos de orden, sino en estados de excepción.
peronismo en trance
En 1989, Carlos Menem llegó montado sobre la hiperinflación que licuó las certezas del alfonsinismo y dejó a los trabajadores con un poder adquisitivo africano. De igual modo, en 2002/2003 el tándem Duhalde–Kirchner emergió tras el big bang de 2001, cuando el país entero estaba en default emocional y económico.
En ambas ocasiones, la sociedad miró al peronismo no porque fuera la opción más glamorosa ni transparente, sino porque la urgencia pedía un actor capaz de operar sin anestesia. Alguien a quien se le tolerara lo intolerable. Alguien que actuara rápido, incluso con malos modales, porque lo peor era seguir quietos.
La evidencia incomoda, pero persiste: el peronismo es la máscara práctica de la crisis, el rostro dónde la sociedad proyecta su desesperación cuando todo lo demás ya falló. Cualquier parecido con la decisión de votar a Milei no es pura coincidencia.
La sociedad miró al peronismo no porque fuera la opción más glamorosa ni transparente, sino porque la urgencia pedía un actor capaz de operar sin anestesia.
peronismo en trance
Alberto Fernández fue el Caza Cero del peronismo: al puro estilo de los kamikazes japoneses redujo a cenizas al kirchnerismo, el rostro de época del peronismo. 220% anual de inflación es 100% incompatible con un partido laborista, es un oxímoron tan perfecto como luz clara o silencio atronador.
Planeta 2: los conquistadores periféricos
A diferencia de otras tradiciones políticas, los grandes líderes peronistas no surgieron de los cafés de especialidad de Palermo Soho, ni de las usinas porteñas de conversación infinita. Sus epicentros fueron más bien La Rioja y Santa Cruz, provincias donde la política aún convive con el polvo del camino y la lógica del caudillaje que tanto suele irritar a los panelistas de señales metropolitanas como TN y LN+ que, vale decir, son la cancha dónde se forjan las estrellas del antiperonismo o no peronismo.
Esa procedencia no es un detalle biográfico, sino un componente estructural de la identidad peronista. En los intersticios del país profundo, dónde el Estado es más intuición que institución, se forman dirigentes acostumbrados a decidir sin protocolo, a negociar con la intemperie y a gobernar en contextos dónde la excepcionalidad es rutina.
Los grandes líderes peronistas no surgieron de los cafés de especialidad de Palermo Soho, ni de las usinas porteñas de conversación infinita.
peronismo en trance
Es, de algún modo, la contracara del punto anterior: si las crisis son estados de excepción, los líderes de tierra adentro son los que mejor encajan en ese clima. Donde otros dudan, ellos avanzan. Donde otros consultan focus groups, ellos toman decisiones. Ese decisionismo que, en épocas de paz y de goce puede sonar duro, es el genoma del peronismo exitoso. Audacia, brutalidad, eficacia y sanseacabó.
Planeta 3: la mitad menos uno
A diferencia de Boca Juniors, ¿la mitad más uno?, el peronismo es la mitad menos uno. Lo supo tan claramente que inscribió su minoría estructural en la reforma constitucional de 1994: sin la regla del 40% más 10 puntos de diferencia, la supervivencia del movimiento quedaba a merced de un balotaje adverso. No fue ingenuidad: fue instinto de conservación.
El peronismo entendió que en condiciones normales, sin crisis, sin líder gigante y sin excepcionalidad; la aritmética siempre le es hostil. Por eso diseñó un sistema dónde una minoría intensa puede derrotar a una mayoría dispersa. La misma lógica que aplica la AFA del “Chiqui” Tapia en los torneos del fútbol argentino: mecanismos de handicap que permiten que equipos menores compitan con otros más poderosos.
A diferencia de Boca Juniors, ¿la mitad más uno?, el peronismo es la mitad menos uno.
peronismo en trance
Así, el peronismo convirtió la política en una suerte de campeonato corto y con muchos participantes, dónde lo importante no es ser mayoría, sino saber jugar al límite.
Los tres planetas alineados
Como en esas observaciones astronómicas que los especialistas esperan durante años, el peronismo sólo se vuelve verdaderamente competitivo cuando confluyen esos tres cuerpos celestes: una crisis que derrumba el tablero, un liderazgo inaudito que emerge desde la periferia y, por último, una minoría que se fertiliza a sí misma con la sensación de que puede ganar, aún cuando la probabilidad marca un 40-60 en su contra.
Es en esa alquimia dónde el peronismo se expande, se ordena y, sobre todo, se convence de que puede volver a gobernar. Sin liderazgo fuerte, sin épica, sin la cuota de mesianismo que lo caracteriza, el movimiento se vuelve opaco.
Deja de ser actor y pasa a ser coro. Y ahí reaparece Charly, como un eco generacional: «el viejo truco de andar por la sombra». Un peronismo melancólico, frustrado, masticando bronca, sintiendo que ni el tiro del final le va a salir. Un peronismo que extraña a sus monstruos.
Un peronismo, por ahora, en trance. In memoriam Roberto “Polaco” Goyeneche.
(*) Publicado en El Economista el 10 de diciembre de 2025.

