«Tlön era un mero caos…» escribe Borges, y a partir de ahí se abre una grieta: el instante en que el mundo conocido tambalea, cuando la estabilidad se revela como una superstición cómoda. Ese momento es el mismo que describe Herzog en «Burden of Dreams», cuando dice que, sin las fuerzas que nos desbordan, «seríamos como vacas en el campo».
Herzog, entonces, desplaza la vieja tabla de valores: ya no es la civilización el norte seguro, sino lo que irrumpe. Lo incómodo, lo peligroso, lo que exige una postura nueva, un temple distinto. Algo que Nietzsche reconocía en «Así habló Zaratustra»: cuando el hombre deja de obedecer las tablas heredadas y comienza a esculpir las suyas propias.
Herzog, entonces, desplaza la vieja tabla de valores: ya no es la civilización el norte seguro, sino lo que irrumpe. Lo incómodo, lo peligroso.
PERTURBADOR
Lo perturbador es que todo esto se presenta no como enfermedad, sino como salud de lo salvaje. La salud que el mundo domesticado no reconoce.
Viejas tablas, nuevas fisuras
La civilización, esa gran coreografía de normas, hábitos, instituciones y seguridades, se presenta a sí misma como lo sano, lo racional, lo que protege. Las vacas pastan en paz porque no se preguntan nada.
Pero Nietzsche advierte: lo que se llama «paz» muchas veces es solo decadencia sin síntomas visibles. En cambio, lo que parece desorden, lo que rompe ritmos, lo que inquieta, puede ser una fuerza ascendente, una vitalidad.
El temblor, el riesgo, el vértigo frente a la cornisa de Vanilla Sky, la encrucijada de San Francisco que ha vuelto tantas veces a interpelarme: eso no es patología. Eso es vida golpeando la puerta.
Las viejas tablas decían: «conservar es bueno, perturbar es peligroso». Las nuevas tablas insinúan: «lo perturbador es lo que todavía está vivo».
Herzog lo formula con brutal honestidad: sin el caos creativo que nos desgarra, seríamos ganado satisfecho.
Borges, por su parte, ofrece otra metáfora: mundos enteros pueden nacer del desorden, siempre que haya quien se atreva a mirarlo sin retroceder.
La danza del riesgo
El riesgo no como aventura adolescente, sino como vector existencial. Como aquello que obliga a tomar postura.
El riesgo como vértigo en la moto. El riesgo como permanecer dos meses en otro país con la sensación de que algo podría cambiarlo todo si uno dijera sí.
El riesgo como aceptar que lo que viene no está escrito y que incluso lo que ya se vivió sigue vibrando. El riesgo como zazen: ponerse disponible para lo que aparece.
Lo perturbador es lo que todavía está vivo.
PERTURBADOR
Herzog sabe que la armonía, la verdadera, no es la del jardín zen prolijo, sino la que emerge después de atravesar una selva donde casi se muere la productora, se destruye el rodaje y se incendian las tablas viejas.
Ahí advierte su frase mayor: la armonía es una máscara extremadamente refinada del caos. Una máscara que solo revela su brillo a quien estuvo lo suficientemente cerca del peligro como para merecerla.
Donde Borges y Herzog se cruzan
Borges siente terror ante Tlön porque ese mundo imaginario puede devorar al real. Herzog siente fascinación porque lo imaginario ya está devorando al real y es nuestra tarea avanzar, no retroceder.
Mi propio vaquero, el que levantó polvo en Paraguay, el que se plantó frente a un puente de San Francisco en postura de yoga mientras dos artistas me dibujaban como parte de la gran danza, está justo allí, en esa encrucijada.
Ya no como lector ni espectador, sino como agente. Como quien genera mundo al moverse. Y quizá por eso vuelvo a estas imágenes, a estos ensayos: porque intuyo que la armonía que busco no es la del orden, sino la del caos domado sin anestesia.
Posdata
El jardín es la ilusión más bella del hombre; la montaña es la verdad más antigua de la vida. Entre ambas, uno descubre que la civilización calma pero el vértigo despierta.
Solo quien se deja herir por el caos puede llevar una máscara de armonía sin convertirse en una vaca que pastorea. La salud profunda no es calma: es turbulencia que ya aprendiste a sostener.




