Ratas de Nueva York

Manhattan, Nueva York. Resulta lógico que el espectáculo no forme parte del circuito turístico de una de las ciudades más fascinantes del mundo, dónde en sus calles se escuchan a diario todos los idiomas y, a la par, uno nunca tiene la certeza de si detrás de las miles de movidas callejeras, no está la mano no tan invisible de la legión de hombres de negocios que, a pesar de las caídas que sufrió Nueva York, siempre sacan un conejo de la galera. No obstante, quién pretende comprender el comportamiento humano, ¿cómo podría hacerlo sin aproximarse a una de sus principales tripas?

Más aún, en una época dónde uno ya tiene tatuadas las voces de influencers de la medicina y el bienestar humano que, como el taquillero Estanislao Bachrach, insisten a menudo con el dato de que el intestino humano tiene más de 100 millones de neuronas. ¡Cómo despreciar semejante tesoro! En tal sentido, dicha cifra se me vino a la mente anoche, mientras asistía a uno de los espectáculos sinfónicos a cielo abierto de mayor colorido que transcurre en una franja horaria dónde la espuma baja en esta suerte de Roma Moderna.

En primer término, es el momento dónde emergen con mayor nitidez los lúmpenes que circulan de día con perfil más bajo. En segundo lugar, dónde aflora el enorme ejército de camiones que ingresan a la ciudad para la distribución de alimentos, al igual que para la recolección y el reciclaje de residuos que, vale decir, dispara tantos recuerdos de escenas de la serie Los Soprano, in memoriam “Tony” Gandolfini. En tercer término, dónde confluyen los esmerados cultores de la vida nocturna con algunos fanáticos de la vida saludable.

Por cierto, un contraste que deja en blanco sobre negro aquello que resulta la esencia de la polarización política: mientras los hombres alados prefieren la noche, los aplicados optan por levantar persianas temprano. Y, por último, ¡impresionables abstenerse!, dónde brota a la superficie una legión de ratas de todos los tamaños lanzadas a la bacanal de una ciudad que, a escala mundial, lidera la tabla de generación de basura por delante de otros grandes tanques como México DF, Tokio, así como otras ciudades norteamericanas como Houston, Atlanta y Phoenix.

Actor protagónico, no de reparto

Quiénes piensen que las ratas son un dato casual, un descuido o, simplemente, el resultado de hábitos higiénicos a revisar, ¡los invito a desistir ya mismo de la idea! En Nueva York, las ratas son la resultante de la historia de una ciudad pero, en lo sustancial, el lado B de un sistema económico que, según diferentes estimaciones, genera alrededor de 33 millones de toneladas de basura por año, en el marco de una espiral de consumo frenética que inspiró a Federico García Lorca hace ya cien años a escribir un gran poema alusivo a la ciudad: Oda a Nueva York.

JULIANNE MOORE EN VÍA PÚBLICA NY

Que, de paso, vale la pena resaltar que tiene un rasgo en común que la hermana con Buenos Aires: nunca duerme. “No he venido a ver el cielo. He venido para ver la turbia sangre, la sangre que lleva las máquinas a las cataratas y el espíritu a la lengua de la cobra”.

En tal sentido, las ratas nunca pueden percibirse como un accidente, sino como la expresión de un sistema arrollador de generación de riqueza, ambición, deseo, consumo, destrucción y renovación permanente que no tiene parangón en casi ningún otro lugar de la tierra.

En Nueva York, las ratas son la resultante de la historia de una ciudad pero, en lo sustancial, el lado B de un sistema económico que, según diferentes estimaciones, genera alrededor de 33 millones de toneladas de basura por año.

RATAS DE NUEVA YORK

En cierta forma, es la misma idea que me transmitió César en Detroit, un camionero polaco ya jubilado que, siendo actor en los tiempos del muro, se escapó de su país natal buscando en Estados Unidos aquello que él entendía que era el ADN de Norteamérica: los negocios.

Y que, de paso, también explica su simpatía por Donald Trump. En ese aspecto, las ratas son tan emblemáticas de Nueva York, como Nueva York de una gran potencia mundial cuya base de sustentación continúa siendo su enorme aparato militar.

Pero, a la par de los portaaviones y las bases en el extranjero, una arrolladora orientación a la innovación y a los negocios que, cíclicamente, deja el tendal de heridos a su alrededor al extremo de ciudades decadentes que pierden hasta su código postal o, no tan a ese extremo, enfrentan como en el medio oeste de Estados Unidos, un proceso de decadencia crónico, sin tener la resiliencia típica de grandes ciudades como Nueva York con el roedor insignia que, a esta altura, ya debería tener su propia estatua de la libertad (de hacer lo que se le canta en gana).

Sabemos que es un playboy

En esos términos, el intendente de una pequeña ciudad en las afueras de Cleveland en Ohio, me definía a Donald Trump hace ocho años. Sabía bien de quién hablaba, pero también de porqué el candidato que llega al próximo súper martes como banca, había logrado liderar con éxito el giro del partido republicano hacia una zona de representación de trabajadores y pymes desenganchadas de semejantes ciclos de cambio. ¿La fórmula del éxito? Sencilla: no hablándoles como un político, sino con la voz de un hombre de negocios que contrata gente y paga sueldos.

Y que, además, activa la nostalgia de los buenos viejos tiempos de la manufactura. Ello tendría y tendrá gravitación en el plano político electoral ya que, de las 93 sillas fluctuantes del Colegio Electoral, Michigan, Pensilvania y Wisconsin acaparan casi la mitad, con un decisivo rasgo en común, al margen de su pertenencia al cinturón oxidado: la pérdida de población, el envejecimiento y el lógico viraje conservador, apenas contrarrestado por Detroit y Filadelfia, dos grandes centros urbanos con mucha población negra y fidelidad demócrata.

Para apreciar la importancia territorial determinante de esos Estados, basta con una mirada al GPS de campaña de ambos candidatos con actos recurrentes en la misma zona, aunque cada uno con su guión particular.

Los demócratas apuntando al músculo urbano de las grandes ciudades versus los republicanos activando el voto suburbano de pequeños condados de 5, 10 o 15 mil habitantes dónde confluyen los granjeros tradicionales con quienes dejaron atrás la vida en la grandes ciudades que vieron contraerse su población como Detroit.

En particular, por el lado del partido demócrata resalta el papel de un Barack Obama que hoy se mueve en modo 2008, se cargó la campaña al hombro y quedaría para el bronce en caso de salvar una elección que viene cuesta arriba.

Por el lado republicano ocurre lo mismo con un Elon Musk instalado hace tiempo en Pensilvania, todo lo cual deja en claro que el súper martes, será infartante, inclusive quizás teniendo que esperar el ingreso de votos por correo que van llegando en días posteriores al 5 de noviembre. Cardíacos abstenerse.

(*) Publicado en El Economista el 31 de octubre de 2024.

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