Sábado 31 de mayo, Tribunales II, Córdoba capital, Salón de los Pasos Perdidos. El fiscal Raúl Garzón ocupa el centro de la escena con un sweater negro de cuello alto y un dedo extendido hacia la prensa “nacional” (nacional=porteña) que vino a cubrir el crimen de Agostina Vega.
A su izquierda, el ministro de Seguridad no dice una palabra. Detrás, hombres de uniforme con los brazos cruzados que simbolizan una mezcla de fuerza contenida, disponible y silenciosa.
La composición es perfecta. Poder político, judicial y policial fusionados en una sola imagen sin costura visible. Como en Rembrandt: un centro que explica, una periferia que legitima, y un cuerpo, el caso, sobre la mesa.
Garzón abre la conferencia reclamando sensibilidad a la prensa y, a continuación, declara que no tiene absolutamente ninguna autocrítica que hacer. Cuando una legisladora lo interrumpe con un «puede ahorrarse el cinismo», el funcionario judicial de alto pedigrí social no retrocede. Señala, nombra, continúa.
Nota al margen: ¿será esa intervención de la ex legisladora cordobesa de izquierda Laura Vilches el kilómetro 0 de la campaña presidencial de Myriam Bregman?
Las cadenas nacionales transmiten en vivo desde hace siete días, algo rarísimo en Córdoba por cierto. Han viajado desde Buenos Aires con sus cámaras, sus conductores, su gramática del dolor televisado.
Y, como un baldazo de agua fría, se encuentran con un fiscal que no performa para ellas, que no necesita su aprobación, que conduce esta conferencia como si las cámaras del puerto fueran, en el mejor de los casos, un detalle menor del paisaje.
La composición es perfecta. Poder político, judicial y policial fusionados en una sola imagen sin costura visible.
veinte mil leguas de viaje mediterráneo
Bienvenidos al triángulo de las Bermudas mediterráneo, la provincia que no tiene salida al mar, pero tiene su propia ley de gravedad, dónde lo que entra con lógica externa tiende a desaparecer, mientras que lo que sobrevive es lo que tiene frecuencia propia.
El oráculo que nadie decodifica
Hay una pregunta que la política argentina lleva varios años sin responder: ¿por qué Córdoba siempre llega primero?
En 2015, cuando el kirchnerismo todavía calculaba una victoria en primera vuelta, Córdoba ya había resuelto la ecuación. Los barrios populares de la Seccional Tercera dónde me crié como Alberdi, el mismo dónde cincuenta años antes se fraguó el Cordobazo, votaron a Macri con una contundencia que Buenos Aires tardaría meses en procesar.
Y, como un baldazo de agua fría, se encuentran con un fiscal que no performa para las señales de noticias «nacionales» (=porteñas), que no necesita su aprobación.
veinte mil leguas de viaje mediterráneo
En 2023 se repitió la operación: Milei era, según el análisis convencional, un fenómeno porteño de clase media ilustrada. Sin embargo, Córdoba lo votó masivamente antes de que ese análisis pudiera actualizarse.
En este terreno, la aproximación política mainstream tiene una respuesta poco convincente, que tira la pelota fuera de la cancha: los cordobeses somos raros. Es una explicación cómoda porque no exige revisar el mapa, sino apenas el territorio.
Pero Córdoba no es una anomalía. Es un oráculo que emite en una frecuencia que el sistema político nacional no tiene en muchas oportunidades buenas antenas para decodificar.
Lo que desde Buenos Aires se percibe como ruido o error de categoría, desde adentro tiene una lógica perfectamente coherente. Como un agujero negro: no es un vacío, sino una concentración de materia tan densa que ninguna información escapa hacia afuera. Solo hacia adentro.
El fiscal Garzón en esa conferencia de prensa es una muestra gratuita de esa frecuencia. La cadena nacional vino a buscar un funcionario que rinda cuentas al tribunal mediático porteño y encontró a alguien que conduce su propia conferencia, con un estilo onda Tyrannosaurus Mediterraneus para quien lo mira desde afuera.
Córdoba no es una anomalía. Es un oráculo que emite en una frecuencia que el sistema político nacional no tiene en muchas oportunidades buenas antenas para decodificar.
veinte mil leguas de viaje mediterráneo
Pero ojo: a no comerse la curva. No es solo arrogancia, que le sobra por cierto, sino otra gramática institucional.
La frontera sin mar
Córdoba no tiene puerto. Esa es su condición histórica más determinante y la menos analizada.
Buenos Aires construyó su identidad mirando al Atlántico, hacia Europa, hacia el mundo que llegaba en barco, mientras que La Docta construyó la suya mirando hacia adentro, hacia una llanura que no le debía nada a nadie y que desconfiaba estructuralmente de lo que venía del Este.
No es federalismo doctrinario. Es una disposición cultural casi visceral, anterior a cualquier ideología, que el peronismo nunca supo seducir con su épica de conducción vertical y su gramática de la unidad nacional encarnada en un líder.
El liberalismo que Córdoba adoptó no llegó como programa de escuela austriaca, sino que apareció como reconocimiento. Como si algo en su composición, la inmigracion italiana y española que llegó sin la mediación del Estado peronista, la universidad autónoma como eje identitario, la industria automotriz que generó una clase obrera con otra relación con el mercado, hubiera estado esperando ese lenguaje para nombrarse.
La Docta construyó su identidad mirando hacia adentro, hacia una llanura que no le debía nada a nadie y que desconfiaba estructuralmente de lo que venía del Este.
Veinte mil leguas de viaje mediterráneo
Tom Doniphon, el personaje de John Wayne en El hombre que mató a Liberty Valance, sintetiza en una frase el individualismo de frontera americano: aquí cada uno resuelve sus problemas. Pero el límite americano es el vacío, la gran nada donde el Estado todavía no existe.
La frontera cordobesa es distinta: no enfrenta el vacío, sino al puerto. Cuando Llaryora ganó la gobernación y esa misma noche dijo «basta, los pituquitos de Recoleta no nos van a decir como vivir», estaba citando a Doniphon sin saberlo. Pero un Doniphon con el poderoso puerto detrás.
Eso hace al individualismo cordobés más político y menos filosófico que el americano. No es la autosuficiencia como condición natural. Es la autosuficiencia como respuesta histórica a una dependencia que se vivió como injusticia.
La frontera cordobesa es distinta: no enfrenta el vacío, sino al puerto.
veinte mil leguas de viaje mediterráneo
Y ahí está el puente con Milei que el análisis convencional no vio. Milei no ganó Córdoba con el programa económico, sino con la postura. No «te voy a dar más», sino «el que te prometía darte más te estaba mintiendo y vos lo sabías». Una interpelación al yo, no al colectivo.
Lo que el sismógrafo ya registra
Los oráculos tienen fecha de vencimiento cuando gobiernan.
Los datos de abril 2026 son el primer temblor registrado. Según la consultora Zentrix, Milei acumula 53,4% de desaprobación en Córdoba y casi 60% de imagen negativa. Pero el dato más perturbador no es la caída de imagen: es el derrumbe de clase.
En enero la clase media era el 46,7% del electorado cordobés. En abril cayó al 36,8%, mientras la clase baja volvió a crecer hasta el 58,5%. La movilidad social va en la dirección equivocada, y Córdoba lo procesa antes que nadie porque ya apagó la luz antes que otros.
Milei no ganó Córdoba con el programa económico, sino con la postura.
veinte mil leguas de viaje mediterráneo
Al mismo tiempo, el Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Torcuato Di Tella registró en abril el diferencial Interior-AMBA más alto en 25 años de medición continua: 7,60 puntos.
El mal llamado interior no solo vota distinto, sino que piensa diferente sobre su futuro. El individualismo de frontera no es solo una postura política: es una arquitectura psicológica que procesa la adversidad con otros recursos. El cordobés no espera del Estado lo mismo que el porteño o el ambeño. Y cuando el Estado se retrae, no lo vive de la misma manera.
Mientras Milei cae, Llaryora se sostiene en 49% de aprobación. Córdoba distingue con precisión quirúrgica entre el gobierno nacional que administra desde afuera y el gobierno provincial que habla su idioma.
El cordobesismo, la saga De la Sota, Schiaretti, Llaryora, no fue una anomalía dentro del peronismo nacional. Es una arquitectura política que sobrevive a las modas electorales porque está construida sobre algo más profundo que cualquier ideología importada.
Inclusive, hasta llegó a representarlo unos años antes alguien que hablaba de “la isla”, desde otra tradición partidaria como el difunto gobernador y candidato a presidente radical Eduardo Angeloz.
El individualismo de frontera tolera la dureza si siente que es su propia dureza. Lo que no tolera es la aspereza impuesta desde afuera mientras le dicen que es libertad. En ese punto el orgullo se convierte en resentimiento. Y el rencor en Córdoba tiene una dirección clara: hacia Buenos Aires, hacia quien conduce, hacia el que considera de arriba.
Milei puede perder adhesión en Córdoba no porque el cordobés se vuelva peronista, sino porque el individualismo de frontera decida que lo están usando como frontera de otro.
Vale decir: 2027 no está escrito, pero el sismógrafo ya está registrando el movimiento de las capas tectónicas.
A modo de epílogo
Volvamos al Salón de los Pasos Perdidos. El fiscal Garzón termina su conferencia, recoge sus papeles y se retira. Las cámaras nacionales siguen encendidas, buscando el ángulo, el plano, la lágrima que el formato requiere. Pero Córdoba ya cerró su propio capítulo y avanza hacia el siguiente.
Eso es lo que el triángulo de las Bermudas mediterráneo hace con lo que entra desde afuera: no lo destruye, sino que lo vuelve irrelevante. El que tenga la frecuencia, que escuche.
Legua uno de veinte mil, junio de 2026. In memoriam Agostina Vega.
(*) Publicado en El Economista el 1 de junio de 2026.




