Anticipo la posdata: el gobierno de Milei marcha directo al fracaso por algo más que la confluencia de un programa económico cuyo motor está quemando aceite y un internismo desbocado, aunque muy debajo del salvaje de Menem. En realidad, hay un tercer componente fallando: la mala praxis cultural, el poder blando. En este plano, vale preguntar: ¿se compraron en serio los libertarios la ilusión de la Argentina Imperial del siglo XIX?
Hay una escena en Point Break, la película de Kathryn Bigelow de 1991, no la remake que no existió; dónde el agente del FBI Johnny Utah persigue a pie por las calles de Los Ángeles a Bodhi, el líder de una banda de surfistas que roban bancos disfrazados de ex presidentes.
Utah lo alcanza, tiene la pistola en la mano y no dispara. Se queda parado, la rodilla destrozada, viendo cómo el otro se escapa, y lo que le cruza la cara no es frustración, sino algo más parecido al reconocimiento.
En ese segundo, diez segundos, quizás menos, el protagonista de este ya súper clásico del cine, se termina de romper, o de construir, según cómo se mire. Es la instancia en que el civilizado ve al bárbaro y, en lugar de someterlo, lo deja ir. O peor: lo envidia.
Pero para entender ese segundo, hay que ir más atrás. Utah fue quarterback en Ohio State, una promesa que una lesión de rodilla borró de un golpe. El FBI fue el plan B de alguien que había vivido para el plan A.
Ahí está la fisura original: Utah llegó a la agencia ya roto, con una identidad que no le cerraba del todo. Bodhi lo intuye antes que él y, como suele ocurrir con los grandes seductores que detectan rápido ese tipo de grietas, le ofrece al toque no una traición, sino una recuperación.
Ser el que ya era
La práctica del surf no se trata de abandonar quién era. Por el contrario, se refiere a volver a quien era antes de que la institución le diera forma. En ese terreno, Nietzsche tiene un libro cuyo título suena a trabalenguas y esconde una de sus ideas más inquietantes: Ecce Homo, cómo se llega a ser lo que se es. No lo que se quiere ser, no lo que se decide ser: lo que ya se es.
Utah llegó a la agencia ya roto, con una identidad que no le cerraba del todo.
Argentina, país del umbral
Como si debajo de cada identidad construida, el agente, el funcionario, el ciudadano ejemplar, hubiera de antemano una figura más antigua esperando a ser reconocida. Es decir, el proceso no es de conversión, sino de excavación. Utah no se vuelve Bodhi: se vuelve Utah, el de antes, el que existía antes del plan B.
Y entonces aparece la pregunta que el género de acción se cuida mucho de no hacer explícita: ¿el encuentro con Bodhi fue azar? Técnicamente sí: una asignación del FBI, un caso como cualquier otro.
Utah no se vuelve Bodhi: se vuelve Utah, el de antes, el que existía antes del plan B.
Argentina, país del umbral
Pero hay una lógica más profunda operando: no cualquiera da con Bodhi, y Bodhi no seduce a cualquier perejil que anda por la calle. El encuentro funciona como azar en la superficie y como destino en la estructura. Algo tenía que activar lo que ya estaba ahí. En la épica clásica lo llamaban fatum. En el psicoanálisis quizás de otra manera. Bigelow lo filmó en cámara lenta, con el Pacífico de fondo y un ritmo cautivante.
Habitar o borrar el límite
Jorge Luis Borges escribió en 1949 un cuento breve que es en realidad dos historias contadas como si fueran una sola. En «El guerrero y la cautiva», un bárbaro llamado Droctulft abandona a su pueblo para morir defendiendo a Ravena, la ciudad romana que había venido a saquear.
Por otro lado, una mujer inglesa, llegada a las pampas argentinas de niña, elige quedarse con los indios cuando el ejército la rescata. Dos movimientos especulares, reflejos: uno cruza hacia la civilización, la otra hacia la barbarie. Borges los mira y anota, con esa economía que es su forma del vértigo, que quizás no son historias opuestas, sino la misma historia contada dos veces.
Lo que Borges ve, a diferencia de un Sarmiento atrapado en su dicotomía, es que ninguno de los dos traiciona nada. Droctulft no reniega de su tribu: reconoce en Roma algo que su tribu nunca le pudo dar y que, sin embargo, ya estaba en él como una posibilidad dormida.
En el otro ángulo, la inglesa no cae ni se pierde: elige, con una coherencia que a los rescatadores les resulta incomprensible, una vida que le devuelve algo que la civilización le había quitado, sin que ella supiera que lo tenía. Los dos están haciendo lo mismo que Utah: excavando.
Lo que Borges ve, a diferencia de un Sarmiento atrapado en su dicotomía, es que ninguno de los dos traiciona nada.
argentina, país del umbral
Pero Borges agrega una capa que la película de Bigelow no podía permitirse. La inglesa del cuento no tiene nombre. Es deliberado. El anonimato no es descuido borgeano, algo no esperable en nuestro gran prócer literario, sino una declaración filosófica: en el momento del cruce, el nombre propio, que es el certificado de identidad que la civilización extiende a cada individuo, pierde total sentido.
La inglesa sin nombre es más libre que Lady Somebody con apellido y dirección en Londres. Utah tampoco, en el fondo, se llama Utah: se llama el quarterback, el que surfea, el que no dispara.
Lo que el cuento de Borges le presta al ensayo, y a los otros dos casos, es una herramienta conceptual precisa: la identidad no es una esencia que se porta, sino un umbral que se habita.
Es decir, no sos lo que sos, sino sos el lugar donde dos posibilidades se rozan. Droctulft, la inglesa, Utah: ninguno cruza hacia el otro lado. Todos descubren que siempre estuvieron parados justo en el límite, y que lo que llamaban identidad era apenas el nombre que le habían puesto a esa tensión.
Sarmiento construyó la Argentina sobre la convicción de que el límite había que borrarlo, que la civilización debía avanzar y la barbarie retroceder hasta desaparecer. Borges, cien años después, miraba el mismo límite y veía otra cosa: el lugar más interesante del mapa. El lugar donde ocurren las historias que valen la pena.
El cruce doloroso
La noche en que el sargento Cruz decide cruzar es una de las escenas más extrañas de la literatura argentina, y lo es precisamente porque ocurre en el poema que se suponía debía fundar su identidad. Hernández lo pone en el centro de la acción como representante del orden: Cruz viene a apresar a Martín Fierro, un gaucho desertor que se ha resistido a la leva y ha matado a un hombre. Es la ley persiguiendo a la barbarie. El esquema sarmientino funcionando con precisión de manual.
Todos descubren que siempre estuvieron parados justo en el límite, y que lo que llamaban identidad era apenas el nombre que le habían puesto a esa tensión.
Argentina, país del umbral
Y entonces Cruz pelea, y pelea bien, y en algún momento del combate, Hernández lo narra con una velocidad que encubre su brutalidad filosófica, algo se quiebra.
Cruz mira a Fierro y se ve a sí mismo. No por simpatía sentimental, sino por reconocimiento estructural: él también fue perseguido, él también fue traicionado por la misma institución que ahora representa, él también tiene una herida anterior a este momento que ningún uniforme pudo cicatrizar.
Y entonces grita, en uno de los versos más célebres y menos comprendidos de la gauchesca: “Cruz no consiente que se cometa el delito de matar ansí a un valiente”. Así se pone del lado de Fierro.
En esa zona, lo más importante es lo no dicho. No hay ninguna mención a que la ley esté equivocada. Tampoco a que Fierro tenga razón. Cruz apenas dice que no va a participar en matar a un valiente.
Es decir, se trata de un criterio estético antes que moral, casi nietzscheano en su lógica: lo que Cruz reconoce en Fierro no es su inocencia, sino su calidad. Como Utah reconocía en Bodhi no la justicia de robar bancos, sino la grandeza y la valentía de surfear olas imposibles.
Pero Cruz tiene lo que Utah y la inglesa no tienen: conciencia trágica. Sabe que al cruzar no recupera nada, que no hay quarterback anterior esperándolo del otro lado, que la pampa no es la libertad sino el desierto.
Lo que Cruz reconoce en Fierro no es su inocencia, sino su calidad. Como Utah reconocía en Bodhi no la justicia de robar bancos, sino la grandeza y la valentía de surfear olas imposibles.
Argentina, país del umbral
El cruce de Cruz es el más lúcido de los tres y por eso el más doloroso. No excava una identidad más verdadera: elige la coherencia sobre la supervivencia, el gesto sobre el futuro. Hernández lo sabe y por eso lo condena: Cruz muere de viruela en el desierto, como si la pampa cobrara el precio del cruce con una puntualidad que huele a castigo bíblico.
Y sin embargo ahí está, en el corazón del poema que la Argentina eligió como epopeya nacional, un sargento que deserta en el momento de mayor exigencia institucional y que la tradición literaria, contra toda lógica cívica, convirtió en héroe.
Borges escribió sobre Cruz un cuento entero, «Biografía de Tadeo Isidoro Cruz», y lo trató con una reverencia que nunca le dispensó a los presidentes ni a los generales. Algo en la cultura argentina sabe, aunque no siempre lo admita, que Cruz hizo lo correcto. Que el cruce fue la única respuesta posible a una contradicción que la civilización había creado y no podía resolver.
El héroe que debe morir
Tres figuras, tres cruces, tres finales distintos. Cruz muere de viruela en la pampa que eligió. La inglesa del cuento borgeano se disuelve en el relato sin nombre ni epitafio, como si la civilización que la rescató no supiera cómo narrar a alguien que prefirió no ser rescatado.
Utah, el único de los tres que Bigelow se permite dejar con vida, se queda en la orilla viendo cómo Bodhi entra al agua por última vez, hacia una ola que nadie sobrevive, y cuando la policía le ordena arrestarlo, él tira la placa en la arena. No cruza. Pero tampoco vuelve.
La pregunta que los tres casos dejan flotando es si puede existir un héroe del umbral sin final trágico. La tradición dice que no: el que cruza paga. Droctulft muere en Ravena, Cruz en el desierto, Bodhi en el Pacífico. La tragedia parece ser el precio que la civilización cobra por la deserción, su manera de recuperar narrativamente lo que no pudo retener institucionalmente. El héroe del cruce solo es tolerable si muere: así puede ser canonizado sin resultar contagioso.
Pero Utah tira la placa y sigue de pie. Y ahí está la pequeña herejía de Bigelow: mostrar que el cruce no siempre destruye, que a veces simplemente transforma, y que la transformación no tiene por qué tener final trágico para ser verdadera.
Utah no sabe qué va a hacer en los próximos cinco minutos. Está en el umbral puro, sin institución que lo contenga y sin tribu que lo adopte. Es el momento más incómodo y más honesto de la película, y por eso dura apenas unos segundos antes de que aparezcan los créditos cinematográficos.
La hora de las conclusiones
Argentina es un país que fundó su épica en un desertor, que eligió como poema nacional una historia dónde el representante del orden cruza al otro lado y muere, y que sin embargo siguió llamando a eso civilización contra barbarie, como si la dicotomía no hubiera sido dinamitada desde adentro por sus propios textos fundacionales.
Utah no sabe qué va a hacer en los próximos cinco minutos. Está en el umbral puro, sin institución que lo contenga y sin tribu que lo adopte
Argentina, País del umbral
Sarmiento construyó el mapa. Hernández, Borges y Bigelow, en ese orden improbable, fueron dibujando los agujeros. El umbral no es el espacio del fracaso identitario, sino el único lugar donde ocurre algo genuino. Dónde Cruz grita y tira el sable. Donde la inglesa da vuelta el caballo. Donde Utah abre la mano y la pistola no dispara.
Un país que no sabe si es civilizado o bárbaro, europeo o americano, moderno o irremediablemente antiguo, lleva doscientos años parado exactamente ahí: en ese segundo de diez segundos dónde todavía no se decidió nada y ya todo cambió.
No es una debilidad. Es, quizás, la forma más honesta de habitar una identidad que nunca terminó de cerrarse. Y que tal vez sea lo mejor que Argentina mantenga. Parafraseando a Charly García, ese perfil de pasajera en trance, de país en tránsito perpetuo.
Posdata
Habiendo anticipado su contenido, cierro así: Menem fue la aparición de los primeros celulares y la modernización, pero a la par las boleadoras y el olor a tierra adentro de su gobierno.
(*) Publicado en El Economista el 5 de abril de 2026.



