Milei, el tercer cometa

Lewiston, 1965. El golpe que nadie vio del todo (¡a retener bien esta imagen!)

Tres cometas

—Mirá culiau’ esas luces allá arriba, ¿qué mierda son? —masculló el paisano, chambergo hasta las cejas, sin sacarle el ojo al cielo del Cerro Uritorco, tan popularizado en su momento por el célebre ufólogo argentino Fabio Zerpa tiene razón, hay marcianos entre la gente.

Tres cometas. Rutilantes, de esos que uno cree ver una sola vez en la vida, como el Halley. Quietos ahí arriba, como clavados con tacos de fierro.

Bajó al pueblo al alba a buscar quien le explicara. Nadie le cerraba la cuenta del todo, hasta que se cruzó con uno ciego, de esos que ya vieron demasiado como para necesitar los ojos.

El Oráculo de Kattegat, trasplantado sin permiso de otra latitud caracterizada por la ausencia de sol y por vikingos aguerridos, con la misma calma de quien ya sabe cómo termina la escena antes de que el paisano la cuente entera.

Tres cometas. Rutilantes, de esos que uno cree ver una sola vez en la vida, como el Halley.

milei, el tercer cometa

—Mirá bien, paisano —dijo el Oráculo, sin mirar—. Que tres astros compartan el mismo pedazo de cielo en la misma noche no quiere decir que vengan del mismo lugar, ni que vuelvan por el mismo camino.

Eso ya lo sabía un alemán con bigote bien ancho: la luz que vemos hoy puede venir de una estrella que ya murió. Lo que brilla junto no necesariamente viaja junto.

Dos que vuelven cada 75 años

Dos de esos cometas tienen órbita propia. Vuelven porque algo los trae de vuelta, no porque alguien los invoque.

Detroit ya vio pasar uno. Henry Ford y la línea de montaje, Albert Kahn levantando la planta de Highland Park: ese cometa iluminó el mundo entre 1925 y 1975, dejó una clase media entera a su paso y se fue apagando junto con el Rust Belt tan decisivo para el primer triunfo de Trump en 2016.

FISHER BUILDING

Edificio diseñado por Albert Kahn, Detroit.

No fue casualidad ni capricho: los economistas le pusieron nombre a esa periodicidad, las ondas largas de Kondratiev, medio siglo entre revolución técnica y revolución técnica.

Musk y la inteligencia artificial son el cometa siguiente de la misma familia. Su brillo e intensidad no depende de un mandato ni de una reelección.

LOS TRES COMETAS

Volumen relativo de atención estimado, 2016-2026

Por el contrario, dependen de cómputo, de capital, de una demanda que se fabrica sola en cada vuelta, ayer un chatbot, mañana un cuerpo robótico, la economía de potlatch de la que ya escribí en este mismo espacio: el que más regala, más manda.

Es la competencia tecnológica de fondo entre Estados Unidos y China, la misma que me ocupó un libro entero hace ya un lustro.

Estos dos cometas no necesitan que nadie los reelija. Van a volver aunque nadie los espere.

Nota al pie, para no cerrar el tema del todo: ese resplandor no nace inocente.

En un seminario reciente en la Universidad Torcuato Di Tella, Pablo Boczkowski aludió a la polémica de Jonathan Haidt sobre celulares y salud mental adolescente con entrevistas a profesionales argentinos, señalando cómo la pandemia amplificó el vínculo entre digitalidad y padecimiento psíquico.

Es el mismo cielo, mitad ansiedad mitad pantalla, donde estos dos cometas encontraron público.

El resplandor prestado

El tercer cometa es distinto, y ahí el oráculo tenía razón en desconfiar.

Milei fue, quizás, la manifestación política más potente jamás conocida de un cuerpo celeste que ya pasó y no se sabe si vuelve: el SARS-CoV-2.

No es un cometa periódico. Es apenas el resplandor, la cola de polvo que dejó al rozar el sol una sola vez, aunque Bill Gates avise que podría haber otro algún día, sin fecha ni órbita conocida.

Milei fue, quizás, la manifestación política más potente jamás conocida de un cuerpo celeste que ya pasó y no se sabe si vuelve: el SARS-CoV-2.

Milei, el tercer cometa

El vector, además, fue otro: el virus viajó en avión y en crucero. De hecho, Italia fue el primer foco a raíz del aluvión de turistas chinos, mientras que Milei se viralizó de la mano de la tecnología, no del transporte.

Por eso no son la misma especie, aunque compartan algo de familia.

Nouriel Roubini, en Populismo y productividad, vincula justamente este malestar a las tecnologías que no se tradujeron en bienestar material, a diferencia de lo que sí lograron en su momento las vacunas o los electrodomésticos.

Dos cometas que iluminan construyendo; uno que ilumina reflejando un daño que el mundo entero sigue sin poder nombrar del todo, lo que ya se llama, con precisión casi clínica, el long Covid electoral.

LOS TRES COMETAS

El dato no es anecdótico. Desde el año 2020, los oficialismos perdieron el poder en 40 de cada 54 elecciones en democracias occidentales.

En 2024, por primera vez desde que hay registro, todos los partidos de gobierno del mundo desarrollado perdieron votos, aunque terminaran ganando a la hora del escrutinio definitivo.

En una palabra, el virus se fue, pero el resplandor no.

Cabalgar el cometa

La foto de apertura no es una imagen de dominación tan simple como parece.

Desde el año 2020, los oficialismos perdieron el poder en 40 de cada 54 elecciones en democracias occidentales.

milei, el tercer cometa

Miami, 1965: Alí de pie, gritando, sobre Sonny Liston tendido en la lona.

Es el nocaut más discutido de la historia del boxeo, ya que nadie en el estadio vio con claridad el golpe, y todavía se debate si existió del todo, o si Liston caía por motivos que no tenían nada que ver con el puño que tenía enfrente.

Alí quedó dueño del cuadrilátero sobre un golpe que ni siquiera él tuvo que tirar entero.

Milei es esa foto. De pie sobre un sistema tendido por el long Covid electoral, sin haber dado él solo el golpe que lo tumbó.

Y como Alí, quedó montado en algo que ya no maneja del todo: cabalgar el cometa, decía un libro entero de Julius Évola sobre el tigre, es no poder bajarse sin que las fauces se cierren.

Milei es esa foto. De pie sobre un sistema tendido por el long Covid electoral, sin haber dado él solo el golpe que lo tumbó.

milei, el tercer cometa

Perder a Trump, quedarse sin Bessent, sin reservas propias, no es volver al llano: es quedar debajo.

El vaticinio, a modo de epílogo

Los dos cometas de órbita propia no necesitan vaticinio. Van a volver a pasar mientras haya cómputo para quemar y trabajo para reemplazar.

No tienen mecanismo de salida.

Sin embargo, el resplandor sí lo tiene. Y por partida doble: el calendario electoral propio, y el cielo ajeno del que depende.

Más aún, el cielo ajeno que muy probablemente le traiga malas noticias durante los primeros días de noviembre en una doble fecha para el infarto: las elecciones de medio término de Estados Unidos que amenazan con debilitar seriamente Trump por un lado.

Y, a la par, reforzar el liderazgo espiritual de un León XIV que llegará a los pocos días a Ezeiza con su equipaje celestial y la última tachuela casi con seguridad.

Un colega y amigo rosarino que mide semanalmente la narrativa de más de quinientos actores políticos lo puso en números hace poco: la oposición argentina recién está llegando a la conversación memética, sin los viejos tanques de entretenimiento que antes fabricaban un personaje político en tiempo récord.

Su conclusión, sin quererlo, confirma la física de este ensayo: un cometa no se construye por decreto de agenda. Se hereda su estela, o se espera a que se apague solo.

Dicho sea de paso, el único destino posible para un fenómeno de época tan potente como Milei.

El cometa siempre se aleja. Lo que queda después, sea una idea instalada, una fiebre bajando o un cielo otra vez oscuro, es lo único que hay que mirar.

(*) Publicado en El Economista el 21 de septiembre de 2026.

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